Por Carlos Torres   —   

Existe un viejo dicho entre los comentaristas políticos estadounidenses: “¿Te gustaría tomarte una cerveza con esa persona?”

Traducido a la política colombiana, una gran cantidad de votantes prefirió al candidato de la derecha fascista Abelardo de la Espriella sobre el progresista Iván Cepeda.

Después de treinta años trabajando en publicidad, puedo decir con confianza que la percepción suele convertirse en realidad. Y la realidad que construyó la campaña de Abelardo fue la de un candidato mucho más dinámico: enérgico, carismático, seguro de sí mismo e imposible de ignorar. Esa imagen resultó lo suficientemente poderosa como para llevarlo al primer lugar y asegurarle un puesto en la segunda vuelta.

El equipo de Abelardo entendió cuáles eran los impulsores psicológicos necesarios para posicionar y proyectar a un candidato. La campaña de Cepeda, en gran medida, no lo hizo.

Estos son algunos de los factores que ayudaron a decidir la primera vuelta.

Posicionamiento

Abelardo logró ocupar un espacio claramente definido en la derecha como un luchador. Se diferenció no solo de la izquierda, sino también del establecimiento tradicional de derecha, presentando al Centro Democrático como una fuerza agotada e ineficaz.

Cepeda, por el contrario, fue presentado como la continuidad. El problema es que la continuidad es, por naturaleza, una fuerza pasiva. Terminar lo que otro comenzó no es una visión; es una descripción de funciones. Esto fue más agravante aún con la incesante busca del presidente Gustavo Petro por el protagonismo.

Miedo

Abelardo utilizó el miedo con disciplina y consistencia. Miedo al comunismo. Miedo a las expropiaciones. Miedo al deterioro económico. Miedo a perder aquello por lo que la gente ha trabajado toda su vida.

Justificadas o no, esas preocupaciones encontraron eco entre muchos votantes.

Cepeda nunca desarrolló una narrativa alternativa capaz de neutralizar esos temores. Dejó el terreno prácticamente sin disputar.

Alegría y diversión

La vulgaridad de Abelardo con frecuencia fue percibida como humor. Proyectó la imagen de un luchador que disfruta la pelea.

Su manera de vestir reforzó esa percepción, combinando un estilo contemporáneo con un toque de elegancia tradicional.

Cepeda, en cambio, apareció con frecuencia más como un seminarista que como un líder político. Serio, reflexivo y decente, sí. Emocionante, jamás.

Anticipación

Las campañas exitosas generan anticipación.

Abelardo logró despertar entusiasmo, curiosidad e incluso esperanza entre sus seguidores. Prometió defender aquello que consideran amenazado mientras conducía al país hacia un futuro mejor.

Cepeda nunca consiguió transformar cuatro años de logros de la era Petro en una narrativa orientada hacia adelante. Hizo campaña sobre un historial de gobierno sin contar plenamente la historia de lo que viene después.

Empaque

La política también es empaque.

Abelardo presentó una marca coherente. El candidato. El eslogan Firmes. El saludo. La mascota. La camiseta de la selección. La estrategia digital. Todo funcionaba en conjunto.

Su campaña fue agresiva, disciplinada y altamente visible.

La campaña de Cepeda careció de ese nivel de coherencia. Incluso los pequeños detalles importaron. Sus características camisas sin cuello con frecuencia le daban una apariencia desaliñada y algo incómoda. Elementos menores que, repetidos una y otra vez, contribuyeron a una impresión más amplia: la de una campaña que nunca terminó de encontrar su identidad.

Veinte días

Con menos de tres semanas por delante antes de la segunda vuelta, la campaña de Cepeda todavía tiene tiempo para corregir el rumbo.

Pero el tiempo se está agotando.

Las campañas no se ganan únicamente con propuestas de gobierno o balances de gestión. Se ganan creando conexiones emocionales, moldeando percepciones y ofreciendo a los votantes una historia de la que quieran formar parte.

Hasta ahora, Abelardo ha contado la historia más convincente.

La pregunta es si Cepeda podrá reescribir la suya antes de que los colombianos regresen a las urnas.

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