Corona Plaza de la calle 103 desde la estación del tren 7 en la Roosevelt. Foto Javier Castaño

Por Lorraine Olaya  — 

El calor en una tarde de verano proviene del concreto. Se mezcla con el vapor que emana de las ollas de comida en Corona Plaza, Queens. El regeaton, la cumbia y la salsa se confunden con el ensordecedor ruido del tren 7 en la estación de la calle 103. Las enormes carpas y carros de comida se camuflan con las tiendas a lo largo de la Avenida Roosevelt.

Corona Plaza se llena con los que están vendiendo, los que están comprando y los que están pasando. Hay algunos borrachos tirados en el piso y algunos hombres juegan dominó. Los vendedores llaman la atención con sus ofertas y los niños miran con anhelo las mesas con montañas de juguetes y peluches. Abundan las artesanías y los cachivaches. Familiares y amigos se reúnen bajo la sombra de los árboles. Comen, conversan o juegan dominó para matar el tiempo. Hablan de fútbol.

Maletas, gorros, mascarillas reutilizables, camisas, joyas y brazaletes hechos a mano y gafas de sol se hallan sobre las mesas para llamar la atención de los transeúntes. Jugos de colores, tacos, hamburguesas, maíz y quesadillas para disfrutar el verano. El olor a carne asada es penetrante. Los elotes (maíz) son a 5 dólares y el pernil a 20 dólares. Nada es barato en Corona Plaza.

Las banderas de México, Ecuador, Guatemala, Colombia y Honduras ondean con el viento. Corona Plaza ha sido tomada por inmigrantes de Latinoamérica y vendedores ambulantes. Es un lugar lleno de historias.

“Más que nada, yo aquí en Queens me siento en mi área”, dijo Benita Lezaguar, quien ha vivido en la ciudad de Nueva York durante 18 años. “Me siento con los míos porque hay mucha gente latina, mucha gente de mi misma raza. Me siento segura y tranquila en este condado… La verdad es que estoy agradecida con este país”.

“Esta es una nación de oportunidades, me encanta estar aquí”, dijo Rosa Morales con 12 años de vivir en Queens. “Nosotros los inmigrantes somos una parte muy importante de la economía de este país”.

Luis Asitimbay con su kiosko de banderas, gorros y camisas. Foto Lorraine Olaya

Venta de elotes (maíz) con queso y picante. Foto Javier Castaño

El humo envolvía a la mujer que hablaba de Jesucristo y del fin del mundo. Los deliveristas y los obreros de construcción pasaban caminando o en bicicleta. No paraban.

“Los Estados Unidos es un país de grandes oportunidades”, dijo Mónica Pacheco, quien llegó a esta ciudad en el 2019, antes de la pandemia. “Tu aquí puedes desarrollarte en el área que quieras desempeñar porque es el país de los sueños”.

“Vine aquí por un mejor futuro”, añadió Lezaguar. “Este país nos da para tener éxito en el país de uno. Yo de este país me llevo buenos recuerdos y más que nada, la ayuda que he recibido”.

Como inmigrantes recientes, estos latinos tienen su opinión sobre inmigración.

“Me siento frustrada con la reforma de inmigración porque quisiera bajar a mi país a ver a mis seres queridos, a mis padres, pero no puedo porque no tengo papeles”, dijo Lezaguar. “Cuando llegué me daba mucho miedo salir a las calles, pero ya después, poco a poco, me fui adaptando, aunque aún tengo miedo de que algún día me arresten”.

“Le pido al gobierno que nos ayude con la residencia, eso es lo que pedimos a Dios y veremos qué sucede”, dijo Luis Asitimbay, con más de dos décadas de vivir en esta ciudad sin documentos.

“En mi opinión, la reforma de inmigración puede ser muy buena, pero hay personas y abogados que se aprovechan y nos engañan”, dijo Pacheco.

Morales no pierde las esperanzas de legalizarse y poder viajar a su país: “Todos queremos los papeles para ser más libres y contribuir a este país”.