La hispanidad es una mezcla de historias, costumbres, culturas e ideologías.

Por Nicolás Linares  — 

Cursamos el “Mes de la Hispanidad” en los Estados Unidos. En escuelas, programas de televisión y radio, así como en eventos oficiales se le brinda tributo a la “hispanidad”. Pero pocos son quienes se detienen a pensar en lo que significa eso. La gran mayoría de los “hispanos” adoptamos la celebración, muchas veces con orgullo, porque en todo caso es lo más cercano que oficialmente nos celebra.

Nicolás Linares.

En la búsqueda de nuestras raíces, siendo inmigrantes, plantas arrancadas de nuestros lugares de origen, en muchos casos descendientes en segunda o tercera generación de quienes iniciaron el viaje al norte, debemos preguntarnos ¿es la hispanidad nuestra raíz? Ciertamente hay algo de verdad en el término. Hispano se refiere a lo perteneciente a la antigua Hispania, en consecuencia, lo español o descendiente de España, pero hay más profundidad.

No dudo que, desde el sur de la frontera hasta la Patagonia, todos tengamos una fuerte herencia Ibérica, especialmente en nuestro idioma predominante. Pero la celebración de la hispanidad esconde tras una etiqueta la multiculturalidad que somos. Desde la visión colonialista, en especial la anglosajona, lo “hispanic” es una manera pragmática de embolsar el universo que nos pertenece por herencia natural, cultural y de territorio. Si bien nos une la ancestralidad castellana y este idioma de Cervantes que también es idioma colonizador, el hablado por los abuelos conquistadores mientras clavaban sus espadas en las gargantas de los guerreros nativos y en los vientres de las tejedoras. Pero hay tejidos universales aún vivos en las junglas, los Andes, las llanuras, nuestros ríos, los espíritus animales, plantas y hongos que los habitan. Nuestra herencia es de sabiduría universal y quien haya tenido la fortuna de conversar con un abuelo o abuela sabedores de territorio (ancianos medicina en sus comunidades originarias), entiende desde el corazón lo que aquí expreso, y en lo que las palabras se quedan cortas, pues es un sentir.

Nuestro universo variado es la herencia que la etiqueta no define. Herencia milenaria, legado que pervive desde la ancestralidad supuestamente perdida, una ancestralidad que ha sido negada por el reino de la razón (que nos ha llevado a la crisis mundial actual), desvalorizada por la academia, desestimada por las nuevas tecnologías y en especial por el pensamiento plástico y desechable que promueve el capitalismo y su sociedad de consumo exprés. Puesto que el pensamiento ancestral (sin importar su origen), exige de la persona un compromiso con los usos, costumbres, manera de pensar, cuidado de la palabra y entendimiento del cosmos y la vida, ponen a la ancestralidad en clara oposición a las necedades de la sociedad postmoderna. La etiqueta social necesita, para sobrevivir, criminalizar (como lo hizo) o tachar de rudimentario, una manera de vivir que por milenios, garantizó la supervivencia de la especie y de la vida, que hoy se encuentran amenazada.

Por eso quienes reconocemos nuestra variopinta ancestralidad no celebramos la “hispanidad”, pues esta por sí sola no nos representa. Celebrar nuestras raíces exige la revisión completa de nuestro mestizaje. No se trata de negar la historia, sino de abrazarla en su totalidad y abrirnos a la posibilidad de re-enunciar, re-significar y recordar la memoria de lo antiguo. Sí, celebramos nuestras raíces. Por eso reconocemos y nos enorgullecemos de nuestro mestizaje y entendemos el momento histórico en el que vivimos, por eso nos es indispensable descolonizar las mentes y los corazones, la palabra, el pensamiento y el sentir.

Que caigan las estatuas que tengan que caer y que se incomode quien se tenga que incomodar. Este momento de resignificación nos exige revisar la minucia en la palabra. No es solamente la “hispanidad” sino lo “latino”, “américa” o “indio”. Es indispensable que como sociedad evolucionemos hacia el respeto y la armonía individual, grupal y con la madre tierra. Ellos decidieron llamarlo América, pero en el norte Lenapes y Haudenosaunee (Iroquis) ya se le llamaban Isla Tortuga y hoy adoptamos en el sur hemos adoptado el Abya Yala (tierra de sangre vital) tomado de los Cunas de Panamá y Colombia. Estas correcciones hay que hacerlas porque al corregir se le devuelve también la dignidad al territorio, al río, a la laguna, a la medicina y al espíritu. Como dicen los abuelos desde el mambeo (compartir de palabra) y desde el tejido, este proceso arranca desde el sentir del corazón, se vuelve pensamiento y entonces transforma el espíritu, antes de convertirse en acción. De esta manera se hace carne y sangre. Es así como se resignifica, por eso es importante poner esta palabra que resignifica afuera para que nutra.

Quienes venimos del sur de la frontera somos, por deScendencia o territorio, mestizos. Sentirse hispano o indígena es una elección. Uno se siente, se construye desde la costumbre y los usos. Lo indígena, como lo hispano, es pues una elección cultural a la que tenemos derecho desde nuestra historia y ha llegado el momento de darle a lo nativo el lugar que corresponde y merece, por esto, celebro el mestizaje del que vengo sin olvidar la historia. Celebro el indígena que soy, no lo hispano. En esencia, mis raíces Muyscas conservan fuertes ataduras a la memoria de los antiguos desde lo que ha pervivido en las costumbres del territorio donde nací. Lo que me pasa a mí, lo he evidenciado desde las individualidades de hermanos Tainos, Mexicas, Quichuas y Quechuas, etcétera, que como yo, emigraron por decisión de sus padres, o circunstancias personales; y hoy día, intentan vivir sus raíces. En Nueva York, Bogotá o Buenos Aires, nos convertimos entonces, en la memoria y el canto que se recuerda y se desempolva desde los anales del pasado, por osmosis del polvo y la genética. Resistencia, re-existencia.

Nicolás Linares: Poeta, granjero urbano y educador, NYC.