Javier Castaño, Albor Ruíz y José Bayona en el apartamento de Albor, quien murió a los 80 años. Foto Diego Bayona

Por Javier Castaño

Al periodista Albor Ruíz, con el humor cubano que lo caracterizó, le encantaba que lo llamara “patrón”. Se reía con ganas y siempre me preguntaba, ¿qué cuentas Castaño?
Cuando más nos reímos fue en 1995. Trabajábamos en la edición bilingüe del Daily News que duró pocos meses y donde habían más traductores que periodistas. Yo llegaba temprano en la mañana y Albor ya estaba sentado al frente de su escritorio. “Me acaban de llamar a una reunión de emergencia porque van a cerrar el periódico”, me dijo muchas veces durante varios días. A la media hora regresaba y decía, “ya no lo van a cerrar”, y se reía con más ganas. “Hay que joderse con esta gente”, era una de sus frases favoritas.
Cuando salíamos a comer, su restaurante favorito era El Rincón Criollo de Junction Boulevard en Corona, Queens. El dueño y los meseros lo saludaban. Las fotos sepia de la viaja Habana en las paredes lo seducían. Después de la ropa vieja, la yuca con mojito, los frijoles moros y cristianos y las croquetas, Albor siempre terminaba con un cortadito espumoso y oloroso.
Dos día después de la muerte de Albor el 8 de enero del 2021, no encontraba la inspiración para escribir sobre nuestra amistad. Su muerte no me tomó por sorpresa, pero me parecía irreal. Luego de hacer ejercicios aeróbicos frente al televisor, como he pasado esta pandemia, y después de una buena ducha tibia y una cerveza helada, me encuentro ahora escribiendo este texto y no puedo dormir. Son las tres de la madrugada del domingo 10 de enero. ¿Qué hubiese escrito Albor sobre la toma del Capitolio por estos racistas inspirados por Trump? “Unos comemierda”, hubiera dicho.
Cuando su salud comenzó a deteriorarse por un problema de degeneración muscular, siempre le llevaba comida del restaurante Latin Cabaña de la calle Steinway en Astoria. Queda cerca del apartamento de Woodside en el que vivió por más de tres décadas. En su apartamento comíamos y veíamos televisión hasta avanzada la noche. Recuerdo un especial de 60 Minutes sobre Cuba que lo sacó de quicio. “¿Y es que esto no pasa en Estados Unidos y otros países del mundo?”, argumentaba Albor. En los últimos años me leía los poemas sobre su niñez en Cárdenas, su ciudad natal. En sus poemas también hay pinceladas de su vida amorosa, sus luchas e ideales. Vivió en Miami, Puerto Rico y Nueva York.

Albol Ruíz celebrando su cumpleaños 70 con sus amigos más ceranos en un restaurante de Manhattan. Foto Javier Castaño

Albor estudió Ciencias Políticas y Filosofía en la Universidad de Florida, la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ) lo indujo al Salón de la Fama en el 2003 y terminó escribiendo columnas para el semanario Al Día News de Filadelfia.
Fue fundador de la revista Areito, aunque nada le daba más orgullo que haber escrito columnas para el Daily News de 1997 al 2014. Hasta le gustaba que algunos lectores lo insultaran por sus escritos. Se reía. Fueron textos de justicia social y lucha de poderes tanto en Estados Unidos como en Latinoamérica. Latin Lives Matters. “Yo creo que me dieron el trabajo para escribir editoriales en el Daily News porque creyeron que era un gusano cubano”, me dijo un día que caminábamos en Manhattan para asistir al Festival de Cine de La Habana en Nueva York. El cine, la música y la lectura eran sus tres pasiones.
Albor defendía mucho la revolución cubana y la Venezuela de Chávez. Hace más de dos décadas le ofrecieron la dirección del periódico El Nacional de Caracas, pero lo rechazó. A veces no era fácil discutir con él porque se disgustaba, aunque no siempre fue así. Salió de Cuba en un bote en 1961, después que los revolucionarios metieron a la cárcel a su papá. Disparó contra La Habana con la venia del gobierno estadounidense. Luego dio un cambio radical y defendió con sus escritos al gobierno de Cuba. “Me di cuenta que el daño que le podía hacer el gobierno cubano a su pueblo es insignificante en comparación al daño que le está haciendo Estados Unidos con el embargo y otras medidas inhumanas”, me dijo aquel día que vino a conocer mi apartamento en Jackson Heights, Queens.
La vez que lo vi más contento fue cuando comimos y conversamos por más de cinco horas en el restaurante La Porteña de Jackson Heights en compañía de su gran amigo Rodolfo Quebleen. Recuerdo que hablamos mal del prójimo, criticamos como siempre la calidad de El Diario La Prensa y recordamos a Rossana Rosado.

Albor Ruíz escucha con atención a su amigo Rodolfo Quebleen en el 2019 durante el lanzamiento de su libro de poesía Por si muero mañana. Foto Javier Castaño

En aquella época me contó su experiencia cuando regresó a Cuba como invitado del gobierno de la isla. Viajó con el columnista Luis Ortega y en el aeropuerto de La Habana los agentes del organismo secreto lo llamaron en voz alta. Se asustó mucho, hasta que le extendieron la mano y le dijeron: “sabemos quién eres, qué haz hecho por Cuba y te damos la bienvenida a tu patria”. Albor volvió a respirar y luego saludó a Fidel Castro con abrazo de camaradas.
En muchas ocasiones le dije que escribiera sobre estas experiencias y me decía que había tenido confrontaciones muy fuertes con el exilio cubano de Miami y no quería más problemas. En la ciudad de Nueva York había encontrado el ambiente propicio para expresar sus ideas a favor de Cuba y la libertad de este continente. Conocí a Albor en la extinta Casa de las Américas de Manhattan. En ese segundo piso donde se escuchaba la trova cubana y vendían los mejores sandwiches cubanos, además de buen ron, todo a bajo precio. Muy cerca de La Taza de Oro, otro restaurante que Albor y sus allegados solíamos frecuentar. Todo esto ha dejado de existir.
Albor fue un inmigrante y nunca quiso convertirse en ciudadano estadounidense. Era radical y así lo expresa en su poema Testigos: Alucino, es real y no lo quiero / La verdad es mi casa, el mar y los amigos / Todo lo que dejé aquella noche / En que me hice por siempre forastero.
Su mente volaba, pero su cuerpo comenzó a necesitar de una silla de ruedas para desplazarse, inclusive en el interior de su apartamento. Quiso viajar a Cuba, pero me dijo que no quería molestar a nadie para que lo acompañara y ayudara a cruzar las calles de La Habana que no son muy amigables con las personas que se desplazan en silla de ruedas. En varias ocasiones se cayó en la calle y tuve que levantarlo.
En los últimos años Albor extrañaba mucho las visitas a la casa de su gran amiga Maité Junco en El Barrio de Manhattan. Añoraba las charlas, los abrazos de los amigos y las comidas que preparaba Maité con sabor caribeño. A Albor siempre le encantó Maité. Me ofrecía a recogerlo en mi carro y llevarlo a las reuniones de Maité, pero siempre se negó.

Albor Ruíz, editor en jefe (patrón), Maité Junco y Javier Castaño en la sala de redacción de El Daily News en 1995. Foto cortesía

“Estoy todo jodido. Paso los días visitando doctores y tomando medicina. Quisiera hacer tantas cosas y compartir con mis amigos, pero no puedo”, comentaba Albor con resignación. Le era difícil sostenerse de pie o manejar el teclado del computador. Recibir o hacer llamadas de su teléfono celular se volvió un gran inconveniente. En su apartamento de Woodside lo cuidaba su amigo Richard Ceballos, quien terminó siendo su representante legal. En febrero del 2020, cuando se fue a vivir a un centro para ancianos en Homestead, Florida, decía que era un “hotel de cinco estrellas” en donde todo lo tenía a la mano. Hasta que se cayó, se rompió otra vez la cadera, lo operaron y una infección, como resultado de esa intervención quirúrgica, terminó matándolo. Yo no lo llamaba mucho para no tener que preguntarle lo que todos le preguntábamos. “Si chico, estoy mejor”, decían en medio del dolor y los tranquilizantes.
En el 2018 la muerte pasó por la cama de Albor y así lo narra en su libro de poesía Por si muero mañana: La muerte me visitó en la noche / Su roce tibio como una caricia y urgente como una advertencia gentilmente me despertó a las tres.
En el ocaso de su vida tuvo a José Bayona como un gran amigo y protector. Hablaban todos los días y José lo visitaba todas las semanas antes de su partida al “cuarto de espera de Díos”, como describe el actor John Leguízamo a Florida. “Decir que Albor era un buen amigo, una gran persona, es quedarse corto”, dijo José. “Muy pocos son los seres humanos que he conocido en la vida con ese profundo sentido de solidaridad, de entendimiento de la condición humana y de la lucha continua por un mejor futuro como eran los principios de la vida que practicaba Albor. Nunca lo olvidaremos”.
En el último poema de su libro, Albor dejó dicho lo que quiere que se haga con sus cenizas: Volver al suelo, tierra cubana / Extranjero soy y ella me llama / Sepan todos que Cuba me reclama / Por si muero mañana.
Familiares y amigos tenemos ahora la excusa de ir a Cuba a llevar las cenizas de Albor a la hermosa playa de Varadero. Hay que joderse.