Carlos H. Rosero disfruta mucho su trabajo de electricista. Foto Marcela Alvarez

Carlos Humberto Rosero dijo que le gusta mucho su oficio de electricista. Es empleado de la compañía JPE Electrical y los fines de semana, cuando está libre, también carga su caja de herramientas “porque hay que estar listo”.

Antes de electricista fue lavaplatos y «deli man» en las cafeterías de un college en Yonkers y Stanford, Connecticut. También trabajó limpiando supermercados y en una fábrica de papel. Está instalando cables en una casa de Queens y no planea cambiar de profesión. Lo suyo no es la pintura, pisos, ni derrumbar paredes. «Lo mío es la electricidad», dijo Rosero.

“De aquí hasta que me jubile, seguiré en esto, me gusta mucho y el pago es bueno”, dijo Rosero. ¿Puede ser peligroso?, preguntamos. “Sí, claro, es peligroso si te descuidas, una pequeña corriente te sacude el cuerpo, pero siempre tratamos de tener cuidado, no apurarnos. Hasta ahora no me ha pasado nada y ojalá siga así”.

Rosero tenía nociones «eléctricas» y fue aprendiendo con el tiempo. Hoy es ayudante de mecánico, tiene el permiso de OSHA, que lo pagó su jefe y prefiere los trabajos comerciales. “Ahora estamos trabajando en un banco. Siento orgullo de ver un trabajo terminado, lo miras todo iluminado y dices ‘yo fui parte de eso, trabajé ahí’, aunque el crédito se lo lleva el jefe”, dijo Rosero.

“Al principio, como todo inmigrante, no es fácil.  El frío te afecta, pero poco a poco te vas adaptando. Con el tiempo te llegas a amañar. Hoy le digo me gusta mucho este país, sobre todo por la seguridad”, añadió Rosero en tono pausado. Sus manos y rostro revelan el camino recorrido.

“Me vine por la frontera. Comparado con la situación de ahora, en aquella época era…¿cómo decirle?… muy fácil”, dijo Rosero con gesto de alivio. “En esos tiempos no había el peligro que existe hoy.  Era más barato y seguro. Hoy no cruzaría la frontera… ¡ni loco!”.

Cuenta que llegó a San Diego, California, donde los coyotes lo alojaron durante horas en una casa hasta que vinieron a buscarlo para llevarlo al aeropuerto y subirlo a un avión rumbo a Nueva York, el último tramo de su aventura fronteriza.

De esos días recuerda con cariño a la joven salvadoreña con quien viajó, los coyotes los juntaron porque eran los únicos que venían a la Gran Manzana.
En el Aeropuerto Kennedy, “mi hermano no estaba ahí, así que ella me llevó con su familia a El Bronx. Horas después, me fueron a buscar allá”.

Rosero vive en Staten Island, aunque mantiene en Queens, en especial los fines de semana. Su centro social de operaciones es la Roosevelt, el corredor latinoamericano de sueños y nostalgia. Un compañero de trabajo lo trajo hace muchos años a visitar esta avenida por primera vez y le fascinó.

“Me gusta caminar desde la 103 hasta Woodside, y en cualquier esquina puedo disfrutar de mi enfermedad, que es el fútbol”, dijo Rosero con una amplia sonrisa. “También me gusta la diversidad de lugares para comer. Por ejemplo, hay un lugar de comida japonesa por Junction Boulevard que me fascina”.

En cuanto al fútbol, Rosero dijo que no tiene equipo preferido, “me gusta el buen fútbol en general. También miro otros deportes, pero el fútbol es primero. Estoy haciendo planes para ver en la Roosevelt la Copa América 2020 que se juega en Argentina y Colombia”.

Marcela Alvarez