Como muchas mujeres acorraladas por la necesidad, salí de México en busca de una vida mejor. Pero la realidad fue diferente. Por lo que me habían comentado me ilusione muy rápido. Enfrenté mi difícil condición de inmigrante, la barrera del idioma intentó limitarme y mucho después comenzó a mi lucha.

No poder conseguir trabajo y tampoco ganar suficiente dinero me impidió conseguir un apartamento decente y me vi obligada a compartir un cuarto con otras familias. En esa búsqueda de la felicidad, como una bendición, nació mi primer hijo. Ya era mamá, pero la felicidad no fue completa y cuando mi hijo tenía un año y medio fue diagnosticado con autismo. No sabía qué hacer ni cómo poder ayudarle. Lo que hice fue ponernos en las manos de Dios. Lo llevé a evaluar a un programa de intervención temprana y comenzó a recibir terapias. Todo iba bien hasta que apareció la discriminación. Mi bebé era hijo de inmigrantes y el trato era diferente, con desprecio, por lo que el reto era más grande para sacarlo adelante.

Llevé a mi bebé a grupos numerosos y gracias a las clases en el Museo de Arte de Queens mi hijo no fue tratado como una persona especial y se integró a la sociedad. Las madres con niños autistas deben saber que no es una enfermedad, sino una discapacidad. Este reto como madre, esposa y como inmigrante en este país me ayudó a crecer como persona y a entender mi responsabilidad como ser útil en la comunidad.

Por este camino llegué con mi familia a la institución Fe en Nueva York en donde me han permitido sentirme orgullosa y estoy luchando por la reforma migratoria, por la conquista de salarios justos, por mejores condiciones de vida para la comunidad y, lo más importante, estoy sacando a mi hijo y a mi familia adelante. También me integré al consejo comunitario del Parque Flushing que será rediseñado para que los niños especiales o no tengan un lugar abierto para sus actividades.

Desde el momento en que llegué a este país he tenido muchas experiencias y una muy hermosa fue la de emocionarme al recibir el primer ID Municipal de manos de Bill de Blasio, alcalde de ciudad de Nueva York. Mi vida y mi lucha son como una novela en este país y hoy me doy cuenta  que la generosidad de Dios nos permite ser ejemplo de superación personal para muchas mujeres, madres y cabezas de familia. Debemos reconocer que con nuestras manos y nuestro esfuerzo y nuestra fe en Dios podemos construir un futuro prometedor para nuestras familias y nuestras comunidades.

Le agradezco a todos mis compañeros y compañeras por haberme ayudado en esta lucha social por el beneficio y desarrollo de la comunidad latina de esta ciudad y de esta nación. No podemos desfallecer.