
El compostaje es vital en las grandes ciudades para proteger el medio ambiente y la vida.
Por. Nicolás Linares / Poeta y educador —
No pretendo generar alarma basada en ignorancia y pasión. He dedicado tiempo a investigar las razones detrás de los recortes presupuestarios del alcalde de Nueva York, Eric Adams, según lo expuesto en la prensa. Entre otras justificaciones, Adams atribuye estos recortes a la falta de apoyo económico por parte del gobierno federal en el manejo de la crisis migratoria. El peso de décadas de imperialismo estadounidense en otras partes del planeta finalmente se está sintiendo en casa, en el lugar donde se originaron las ideas y los flujos de capital para prácticas depredadoras de materias primas en desiertos, junglas, estepas y centros urbanos en todo el mundo. A esto se le puede llamar karma. A veces, ante la dificultad de probar su existencia, es mejor sentarse a esperar a que el universo conspire con la justicia, y aquí estamos.

Nicolás Linares.
Esta crisis financiera ha afectado incluso a la consentida del alcalde, la semilla de su origen. Ni siquiera el departamento de policía de Nueva York se librará de los recortes que entrarán en vigor el 31 de diciembre próximo. Si utópicamente decidieran recortar los casi 6 billones de dólares que la agencia consume, creo que nos beneficiaríamos enormemente en toda la ciudad. Sin embargo, desmantelar la industria policial, al menos por ahora, será difícil para quienes soñamos con un día en el que no necesitemos perros guardianes y pagarles por vigilarnos.
Pero si hablamos de karmas y en medio de la temática posmoderna de las crisis, el recorte de los programas municipales para el manejo, instrucción y mantenimiento de los sitios de compostaje no solo constituye una mirada miope a la realidad, sino también una nueva invitación a la poética justicia karmática de la crisis ambiental. La ciudad venía haciendo esfuerzos para que todos los condados se unieran a los programas de compostaje, un trabajo excelente que nos acercaba a las metas de reducción de gases de efecto invernadero. Además, ayudaba a alargar la vida útil de los lugares donde se eliminan los desechos de la ciudad, facilitaba su manejo y el aprovechamiento de los residuos orgánicos como fertilizante natural, potenciando la protección de los suelos y siendo beneficioso para las plantas y jardines de la ciudad. El tejido comunitario no se detenía ahí; en varios jardines comunitarios, la implementación de FSDO’s (Lugares de recolección de residuos de comida) evolucionó hacia la creación de sistemas de procesamiento de residuos, como el famoso Sistema de 3 Cajas, ampliamente utilizado entre composteros de todo el mundo por su facilidad en el sostenimiento, mantenimiento y efectividad. Esto ha fortalecido el tejido comunitario, probablemente uno de los beneficios más difíciles de cuantificar, pero muy valioso al acercar a las personas, instruirlas y, en el caso de nuestra problemática global relacionada con el calentamiento global, permitirnos empatizar y crear redes de apoyo comunitario, una estrategia clave para la supervivencia de los desafíos que enfrentamos debido a nuestra actual crisis ambiental.
¿Y el karma? Queda en manos de la administración municipal, estatal y federal. Fallar en identificar, invertir, prevenir y plantear estrategias de mitigación, prevención y/o adaptación a los desafíos del calentamiento global implica perder una oportunidad única. Un trabajo técnicamente demandante en el que la ciudad había invertido tiempo y dinero para lograr resultados excelentes en cantidad y calidad. Es difícil cuantificarlo, a menos que nos refiramos a los cientos de toneladas métricas que el programa de compostaje estaba alcanzando. Pero como menciono, lo realmente invaluable radica en el tejido asociado a la comunidad, en la recuperación de suelos, en la captura de carbono atmosférico y en el cambio de mentalidad de los asociados, que a la larga es la única posibilidad en un mundo que se enfrenta con una pasmosa angustia ante la extinción de nuestra especie y donde la vida misma está en riesgo sin lugar a dudas debido a nuestro accionar.
En la cadena de la política, es terrorífico e indignante ver cómo desde concejales, alcaldes, gobernadores, administradores, jueces, contralores, toda la red burocrática estatal, el presidente, el gobierno estadounidense y los gobiernos del mundo, al unísono y en conjunto, hacen poco menos de nada para enfrentar las consecuencias ya desgraciadas del colapso que vivimos. Las proyecciones más optimistas no sitúan ahora un sobrecalentamiento de 2º C, lo que hace inevitable unas consecuencias apocalípticas. Aun así, la sociedad está embriagada de consumismo, y en lugar de buscar maneras de evitarlo, la mayoría busca adquirir artículos de moda para la temporada navideña, una trampa económica que controla a la población pobre e ignorante. Hacen un buen trabajo de control y un nefasto trabajo de proyección.
Es normal que el lector encuentre mis palabras desaforadas y alarmistas. Aconsejo tomarse un tiempo para buscar respuestas en Internet. Lo que digo aquí no es nuevo y la ciencia me respalda, pero también la memoria de la infancia y la palabra de los abuelos y abuelas, mayores y mayoras de territorios indígenas. A pesar del caos, no han sucumbido a desistir de su tarea de protección y ordenamiento de la madre, Pachamama. Hasta el día de hoy, piden a los hermanitos menores (nosotros) el despertar de la conciencia para la defensa de lo único que en realidad tenemos.
Si el lector llegó hasta aquí, considere estas palabras como un llamado de conciencia y una invitación a despertar del letargo. No hay que tener miedo, sino buscar la valentía para vivir la realidad, porque la vida y el futuro dependen de ello. No importa nada más; sin vida, no hay más.



