Por Mauricio Hernández

Rosa Díaz y Blanca León llevan muchos años acudiendo a la misma esquina de la Avenida Roosevelt a repartir volantes. Tienen muchas cosas en común: tienen más de 60 años, viven solas en Nueva York, tienen nietos y bisnietos que ni conocen en persona y deben trabajar en la calle porque necesitan el dinero. “Cuando hay nieve o lluvia no nos dan trabajo, por lo que hay que aprovechar la oportunidad”, dijeron al unísono estas dos andinas.

Las encontramos en su puesto de trabajo, en la calle, el día de San Valentín, cuando el termómetro marcaba 15 grados centígrados bajo cero.

Los restaurantes estaban llenos, pero en la calle, el susurro resignado de los repartidores de volantes no cesaba. Había en menos de dos cuadras unas diez mujeres mayores de 60 años al lado de otros repartidores.

Rosa Díaz, de 64 años, trabaja para ayudar a su familia, que viven en Lima, Perú: tres hijos, ocho nietos y cinco bisnietos. “Mi sueño es poder ver a mi familia. A mis hijos no los veo desde hace once años y no conozco a la mayoría de mis nietos, ni mucho menos a mis bisnietos”, dijo Díaz con lágrimas en sus ojos.

Pero el trabajo de repartir volantes es de los menos protegidos en la ciudad, apenas regulado, con un promedio de salario de 9 dólares la hora, además de ingrato porque la mayoría de las personas no reciben el volante.

Díaz trabajó en el aeropuerto de Lima hasta los 48 años, cuando privatizaron la compañía. No pudo conseguir otro trabajo. “En mi país, después de los 45 años ya te consideran un viejo. Y decidí venir a los Estados Unidos, donde las personas mayores también tienen oportunidades para trabajar”, dijo Díaz.

En 1988 encontró en Perú a su marido con otra mujer en la propia casa y se separó. Desde entonces crió a sus tres hijos sola. Por la falta del inglés y documentos, solo consigue trabajo repartiendo volantes. Su familia, de bajos recursos económicos, no han podido venir a los Estados Unidos.

Blanca León desafía las bajas temperaturas repartiendo volantes.

Blanca León desafía las bajas temperaturas repartiendo volantes.

Blanca León

A unos 10 metros de Rosa Díaz encontramos a la guayaquileña Blanca León, de 63 años, que llegó hace nueve a Nueva York. Lleva siete años distribuyendo volantes en la Roosevelt: dos años en una empresa de aprendizaje de inglés y otros cinco para un negocio de dentistas en la esquina de la Roosevelt con 82. “No me dejan ir al baño de la oficina del lugar en donde trabajo. Entonces, al estar en la calle, debo buscar un lugar a donde ir. Por fortuna, voy al baño de un restaurante peruano donde me conocen”.

Sin contrato o relación laboral, León debe recoger latas en la calle o vender agua en los parques para poder pagar sus cuentas. “La distancia ha alejado a mis cinco hijos y hoy vivo sola en Nueva York”, dijo León. Llegó en el 2007 para estar con su nieta, pero su hija también se fue de Nueva York.

“El patrón nos llama cuando nos necesita. Y si hay nieve o lluvia no hay trabajo. Hay otros días en los que solo hay tres o cuatro horas de trabajo y ese dinero no me alcanza. Por fortuna, mi padre me dejó una casa en Guayaquil, a dónde puedo llegar en el futuro”, dijo León.

Blanca León y Rosa Díaz siguen con emoción y tristeza el crecimiento de sus nietos y bisnietos en el facebook. Es el único contacto que tienen con sus familias.

En la misma calle 82, otra señora mayor, compatriota de Díaz y que no quiso identificarse, también repartía volantes: “Trabajo porque me aburro en casa, donde vivo con mi familia. No me gusta estar encerrada, ni mucho menos depender de alguien”.

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MAS DE 5,000 Y DESPROTEGIDOS

“Repartir publicidad es uno de los sectores más injustos y desprotegidos de la legislación laboral de Nueva York”, dijo Virgilio Aran, fundador de la organización Laundry Workers Center United (LWCU), además de defensor de trabajadoras de limpieza en el hogar. “No existe una legislación que proteja a los distribuidores de publicidad, ya que a muchos les roban el salario. Hace tres años estuve trabajando por los derechos laborales de las personas que distribuyen volantes y puedo asegurar que al cien por ciento no les pagan lo justo o les roban parte del salario. Aunque no hay una cifra exacta, calculo que hay más de 5,000 personas repartiendo publicidad en Queens”.