Ángela Molina encuentra distracción y compañía en el bingo. Foto Marcela Alvarez

Es la directora de orquesta, por decirlo así, del bingo en el Elmhurst/Jackson Heights Senior Center de Queens. Angela Molina da la bienvenida a las jugadoras (casi siempre son mujeres,  los hombres prefieren otras opciones como el billar), organiza la mesa, las tablas y fichas y canta los números. Todo con buen humor y una sonrisa.

“Me gusta venir aquí, ojalá no lo cierren. Los centros para seniors son una distracción para nosotros. Si estamos en casa nos aburrimos y pensamos tantas cosas que nos hacen mal. Con la soledad viene la depresión, sentimos tanta decepción, una piensa lo peor, incluso hasta matarse. Y aquí no estamos solos”, dijo Molina ante los rumores sobre el futuro del centro. Ella y sus compañeras juegan a diario. En las recientes fiestas de Navidad y Año Nuevo, agregaron comida y vino a la mesa de juego.

Molina es de Guayaquil, Ecuador. Con solo 18 años arribó a Nueva York con su esposo Galo. “Llegué un quince de junio de 1967, recién casadita”, recuerda Molina con picardía. “Mi esposo tenía una hermana aquí y ella le sugirió que venga. Así lo hicimos, viajé primero yo y luego él. “En aquella época la ciudad era más tranquila que ahora. Primero viví en Broadway y la 93, en Manhattan, tenía todo cerca, los comercios especialmente. Hace más de treinta años nos mudamos a Woodside, ahí sigo viviendo”. Aquí nacieron sus dos hijas: Valeria y Shirley. Su esposo pasa mayormente en Ecuador.

Molina aprendió a coser y con esa herramienta se ganó gran parte de la vida. Cuenta que sabía muy poco de costura pero su cuñada le enseñó el oficio y la alentó a probar suerte con la máquina. “Trabajé como quince años en una fábrica de ropa en Broadway y Lafayette, los dueños eran judíos. Después me dieron laid-off”, dijo Molina. En la calle 34 hacía vestidos de lujo para muñecas y ajuares para recién nacidos, que vendían en Macy’s.

“No sabía nada de eso, pero fui a buscar trabajo, tenía mis dos hijas pequeñas, necesitaba el empleo. A la semana me dieron un cheque de $400 dólares… dije ¡guau! Ese sueldo era por ocho horas diarias, cinco días a la semana”, recuerda Molina con orgullo.  “La costura tenía que ser perfecta, nada podía quedar fuera de lugar. Con ese sueldo pude pagar la escuela católica de mis hijas”.

“Mire… para cuando se cayeron las Torres Gemelas, trabajaba en una fábrica de Hoboken, New Jersey. Allá hacíamos cubrecamas, fundas de almohada, cortinas de cocina y baño. Allá trabajé veinte años pero después se vino en quiebra por la tragedia de las torres, usted sabe, todo cambió. Cuando me dijeron que ya no había más trabajo, le digo algo… hasta lloré”, recuerda Molina.

Sin duda, las manos de Molina, su habilidad para crear, le ayudaron a forjar una vida en esta ciudad.

Cuando le faltaban tres créditos para jubilarse con el Seguro Social, «me fui a trabajar haciendo carteras, bolsos, corbatas. ¿Qué más? Ah, trabajé en limpieza en tiendas como Banana Republic, Old Navy, Lord & Taylor. Cuando cumplí con los créditos que me hacían falta, ahí me retiré”, dijo Molina.

Hoy, Angelita, como la llaman cariñosamente, vive tranquila. Hace cinco años que asiste al centro del Elmhurst.

Otra de sus aficiones es la pintura. “Los jueves vengo a clases, trabajamos en canvas, acrílico, ahora mismo estoy pintando un cuadro que tiene dos copas de donde sale el hombre y la mujer. Aun no lo termino, eso toma tiempo”, dijo Molina. “Tengo muchos cuadros, pinté una española, un gato. Desde chica siempre me gustó la pintura”.

Molina se despide con un breve mensaje: “Para este año nuevo solo deseo salud para todos, eso es lo primordial. Me gustaría viajar también”.

Empieza otra partida. El bingo no espera.