
Beatriz Echaverry Zúniga y sus dos nietas, Camila y Gabriela Sandigo, celebrando La Gritería en la Iglesia Monte Carmelo en Astoria, Queens, una tradición nicaragüense de fin de año. Foto cortesía
Desde hace más de cuarenta años, Beatriz Echaverry Zúniga llegó a Estados Unidos con la determinación de construir una nueva vida sin olvidar sus raíces espirituales y culturales. Ferviente católica, ha convertido la celebración de La Gritería, una tradición profundamente arraigada en Nicaragua, en un pilar de su vida y en un puente que une a la comunidad nicaragüense radicada en la ciudad de Nueva York.
En Nicaragua, La Gritería es una de las festividades religiosas y populares más importantes. Cada 7 de diciembre, miles de familias salen a las calles para rendir homenaje a la Purísima Concepción de María, compartiendo alimentos, cánticos y rezos en un ambiente de devoción y alegría colectiva. Echaverry, consciente del valor espiritual y comunitario de esta tradición, ha mantenido viva esta celebración por más de dos décadas en suelo neoyorquino.
Con una contenida alegría y emoción, describe lo que significa para ella esta fiesta: “La Gritería une a las familias y es un momento para compartir, para homenajear a la Virgen. Esta fiesta en Nicaragua permite a todo un pueblo compartir lo poco o mucho que tiene con los demás, y eso hacemos en la ciudad de Nueva York”, dijo Echaverry.
Para llevar a cabo la celebración cada año, comienza a preparar todo con meses de anticipación. Con sus propias manos, cocina platos y bebidas típicas nicaragüenses que luego reparte entre los asistentes como un gesto de gratitud y devoción. Su compromiso es una mezcla de tradición, fe y promesas cumplidas: “Son promesas de favores recibidos de la Virgen”, dijo Echaverry.
A su lado, su hija, sus dos nietas y su nieto participan activamente en la organización. Ayudan en la preparación de los alimentos, en la decoración del altar y en la logística del evento. Para Echaverry, incluir a las nuevas generaciones es fundamental. Desea que su hija y sus nietos continúen este legado, no solo como una tradición familiar, sino como una forma de mantener viva su identidad y espiritualidad.
Tras más de tres décadas viviendo en Nueva York, Echaverry ha tejido una red de amistades que cada año se suman a esta celebración, convirtiendo su hogar y su devoción en un punto de encuentro para la comunidad. Entre rezos, cantos y la calidez de su mesa, Echaverry de 62 años, mantiene encendida la luz de una tradición que trasciende fronteras y generaciones.


