Dos historias de Plinio Garrido

Morir en Nueva York

(Del libro de cuentos en progreso CHINGACABRONAZOS)

Plinio Garrido*

A los seis años de edad Refugio Cárdenas supo que existía la ciudad de Nueva York a través de los relatos que contaban los amigos de su padre entre jarros de pulque, las grandes botellas de cerveza llamadas “caguama” en alusión a las inmensas tortugas del Caribe mexicano y los tacos de flores de calabaza y huevos de mosca que su madre servía con diligencia, contenta de tener a su hombre en casa.

Desde entonces, Refugio quiso ser un albañil exitoso en la fabulosa urbe de acero, inmensas paredes de vidrio y taxis amarillos. Ya emancipado, en cada lugar donde estuvo escapaba hacia meandros de su imaginación para verse —como frente a una inmensa pantalla de cine— trabajando seis días cada semana, de 7 de la mañana a 5 de la tarde, en la gigantesca construcción en una calle de fama universal en la Capital del Mundo.

“No le hace si chambeo hasta doce horas cada día”, se decía, si tan larga jornada se traducía en unos buenos cientos de dólares que rebasaran el gasto hogareño diario y que su mujer dispusiera de lo que su madre nunca tuvo; guardar algo de dinero en un banco y además de las cervezas semanales enviarle lana a los rucos en Coyahualco, su pueblo en el estado de Guerrero, en su México lindo y querido.

Refugio llegó a la ciudad de Nueva York en un enero gélido, tras ambular por distintos rumbos en los estados de Texas, Nuevo México y Arizona, lugares en los que, gracias a su ductilidad de milusos siempre tuvo una ocupación fugaz y ocasional a su alcance. No bien pisó el pavimento en la Gran Manzana musitó un “bendita seas madre celestial” a la Guadalupana, su virgencita morena, pues además de haber desembarcado en una tierra tan pródiga en oportunidades iba a reunirse con Leticia Rubirola, la hembra de su vida, quien llegó primero y practicó la abstinencia sexual durante un tiempo que poco gastan las mujeres esperando a un hombre. Leticia lo recibió con sus mejores demostraciones de amor en el sótano de un chato y descarchado edificio en el condado del Bronx.

Se conocieron en Nuevo Laredo, ciudad del estado orillero de Tamaulipas. La decisión de vadear el Río Bravo los unió. Y juntos enfrentaron la agónica travesía entre elevaciones de arena, hondonadas pedregosas, cazadores de inmigrantes con perros y fusiles de mira telescópica, desfiladeros sembrados de cactus y matorrales resecos por la resolana, donde la serpiente sale de su hueco, hinca sus colmillos en la pantorrilla y se guarda nuevamente.

Como todo recién llegado, indocumentado, monolingüe y mexicano, Refugio Cárdenas empezó a trabajar lavando platos —en principio— en restaurantes de Brooklyn, cuyos dueños eran mayormente del estado de Puebla. Pero como no hay peor cuña que la del mismo palo, anduvo de una cocina a otra, entre patrones y sazones de otras latitudes del mundo huyéndole a la humillación que brota del corazón del paisano. Descubrió que podía limpiar frutas y legumbres en negocios de chinos en el condado de Queens; después preparó ensaladas en restaurantes italianos en Manhattan, siempre con el ojo abierto por si encontraba un trabajo que le dejara una mayor cantidad de dinero. ¡De pelos! si se le hacía de albañil, pues emular buenamente a su padre en la deslumbrante Nueva York sería su gran sueño cumplido.

Cuando le hablaron de una oportunidad como esa tuvo una imagen nítida de lo que sería el entorno hogareño tras algunos meses de trabajo y se vislumbró casi opulento. La compañía Piton Construction se proyectaba a todo dar para hacer carrera. “En Nueva York, el albañil que le echa ganas consigue hartísima feria”, recordaba que repetían los amigos de su padre en los convivios para festejar un regreso, preguntándole de paso a su ruco, por qué nunca viajaba a ganarse su buena lana en Estados Unidos. “El güey desconfía de su vieja”, respondían ellos mismos y se carcajeaban. Su padre reía con ellos y mostraba sus colmillos forrados en platino.

La alegría por el nuevo trabajo actuó como auxiliante sexual que trascendió a poder, contundencia y filigranas de buenas hechuras. Así, esa noche, como pocas veces, Refugio hizo brotar lágrimas de goce en los ojos Leticia. Acaso fue la última vez que lo hizo. Y su aullido gutural y liberador devino canto de cisne (si pensamos que iniciada su labor en la industria constructora regresaba a casa apenas con las fuerzas para darle un beso en la mejilla, cenar y echarse a descansar).

A los tres días de iniciar su flamante carrera de albañil en Nueva York a Refugio Cárdenas se lo llevó la fregada: cayó de un edificio en renovación en una calle al Este de Manhattan entre Madison y Park Avenue. Tres pisos se derrumbaron y el originario de Coyahualco junto con otros tres cuates quedaron sepultados bajo restos de paredes, vigas de acero y cemento armado. Fue rescatado y trasladado al hospital más cercano donde minutos después, se petateó.

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Plinio Garrido.

Plinio Garrido.

¡Levanta tu alma Yoleima Polanco!

(Del libro en progreso “Pequeñas historias tristes”)

Plinio Garrido*

Yoleima Polanco no ha sido feliz en el amor, y muy desgraciada como madre. Reside en los alrededores de calle 108 con la 38 Avenida, un sector pobre de Corona (condado de Queens) habitado mayormente por sus compatriotas. Antes de regresar a su pueblo natal, el municipio de Mao, República Dominicana, vivió en el barrio Washington Heights, en el Alto Manhattan. De allí partió un domingo de febrero — 1997— a las carreras: su hijo José Augusto, de 5 años, se enfermó y el diagnóstico del médico no era alentador. Viajó embarazada. Y si bien encontró vivó a José Augusto, esa misma noche murió. Del deceso de su niño, resultó un agregado crapuloso: tuvo que ser protegida por familiares y amigos de Julio, su ex-marido, quien la culpó de la muerte del muchachito, al marcharse y dejarlo con la madre de ella.

“No podía hacer nada distinto, mi vida era un infierno, por la pobreza en que vivíamos y por los golpes de Julio. Borracho era un demonio, ojalá y ya no lo sea”. No fue fácil convencerla de contar una realidad tan amarga. Lo hizo mirando el piso en lo caminamos entre la estación 103 Street del tren 7 en Roosevelt Avenue, hasta los alrededores de su casa. “Tuve que acostarme por adelantado con el dueño de la yola, además del dinero que le pagué, y que me prestaron para enviarlo apenas pudiera. El viaje en yola fue otro infierno, casi nos ahogamos. En Puerto Rico hice lo que usted no se imagina; y para viajar a Nueva York me tocó conocer el rincón más asqueroso del purgatorio”. De baja estatura, morena, cabello negro, lacio; la tristeza de su mirada no apaga la luz de esperanza en sus palabras.

“Quizás un día conciba otro hijo, aunque no me queda mucho tiempo, tengo 34 años”. Porque Yoleima perdió su embarazo de 3 meses en Quisqueya. “Fueron muchas cosas, la muerte de mi niño, la amenaza constante de Julio y para colmo un resbalón en un barrizal junto al baño”.

No quiso decirme más nada, y no pude saber si vive sola o con el hombre que pudo haberla hecho madre y el destino lo impidió. Caminó rápido, como escabulléndose, le grité: “Quiero darte un abrazo”. Se detuvo, y quedó plantada en la mitad de la calle. Abrió los brazos y “¡Démelo con su alma! —exclamó—: es lo que necesita mi alma”.

*Plinio Garrido es un escritor y periodista colombiano, quien vive en New York City por más de 25 años; autor de la novela LA REINA y fundador del grupo cultural LETROFILOS