Si hay algo que no debe sorprender en República Dominicana es que un escritor participe activamente en la política; que sea también aspirante a un cargo como los demás mortales, y que en su idea de postularse abrigue el legítimo deseo de alcanzar un puesto público por elección popular en los comicios generales del próximo 15 de mayo.

Escritor Ramón Ramírez Báez.
Son actualmente los casos de Andrés L. Mateo y su aspiración a diputado por el partido Alianza País; de Manuel Núñez y su candidatura también a diputado por Fuerza Nacional Progresista; y de Martha Rivera-Garrido, que anuncia su campaña a diputada por la Coalición Minou 2016. Debo mencionar que el escritor R.A. Ramírez-Báez, residente en Nueva York, cedió a la decepción y el desencanto al abandonar muy temprano sus aspiraciones a Diputado de Ultramar por el partido Alianza por la Democracia.
Estas acciones políticas de literatos me recuerdan una observación de Pedro Henríquez Ureña cuando dijo que “el criollo se hace político” con la independencia de América.
De hecho, la historia de la literatura clásica dominicana no se podría narrar sin hablar de la actividad política de sus protagonistas, que son los mismos autores que forjaron nuestra República de las Letras. Y muchos de los que no tomaron acción para lograr un escaño lo hicieron combatiendo ideas desde sus respectivas trincheras literarias. De esto último hay en el Archivo General de la Nación una controversia histórica entre Manuel de Jesús Galván y José Gabriel García, a quien Américo Lugo bautizó como “el padre de la Historia dominicana”, algo que aunque los estudiosos siguen repitiendo hasta la saciedad a mí todavía no me convence.
En una nota al pie de una página de “Textos reunidos” de Manuel de Jesús Galván, publicados por el Archivo General de la Nación, el editor Andrés Blanco Díaz dice: “Esta controversia, la más importante sobre temas históricos sostenida en la República Dominicana, se produjo en 1889 entre José Gabriel García, quien escribía desde las columnas de El Teléfono, y Manuel de Jesús Galván (quien contaba con la asesoría de Félix María del Monte) desde El Eco de la Opinión”.
El tema del debate fue la Batalla del 19 de Marzo y las glorias del general Pedro Santana. La controversia resultó tan exitosa en su tiempo, y para la historia dominicana, que de acuerdo con la nota de Andrés Blanco Díaz, “los escritos de la misma fueron reunidos y publicados por la Sociedad ‘Hijos del Pueblo’ (Imprenta de García Hermanos, 1890), con el fin de recaudar fondos para el traslado de los restos del Padre de la Patria Matías Ramón Mella a Santo Domingo”.
Aunque ABD no lo dice, las cenizas de Mella serían trasladadas desde la provincia de Santiago de los Caballeros a la capital. Y solo por curiosidad me gustaría saber si los de la Imprenta García Hermanos no serían parientes del historiador José Gabriel García.
De modo que en aquel entonces el debate sirvió para una causa patriótica más allá de lo teórico. La Sociedad “Hijos del Pueblo” dijo en su presentación de los textos que dicha polémica “terminó con los honores de la cortesía en el lenguaje y mereció la atención reflexiva de cuantos la siguieron paso a paso”.

En realidad, los temas históricos y políticos se confunden, o tal vez se podría afirmar que no hay tema patriótico que no sea político, y que todo lo político llega a ser histórico cuando aparece por lo menos un escritor (bueno o malo) capaz de hollar con sus ideas el curso de la Historia. Lo hicieron esos que Joaquín Balaguer llamó próceres escritores: Fernando Arturo de Meriño, Buenaventura Báez, Tomás Bobadilla, Rosa Duarte, Juan Sánchez Ramírez, Gregorio Luperón, Eugenio Perdomo, Máximo Gómez, Félix María del Monte, Manuel Rodríguez Objío, José Núñez de Cáceres, José María Serra, José Gabriel García, Ulises Francisco Espaillat, Javier Angulo Guridi, Emiliano Tejera, Manuel de Jesús de Peña y Reinoso, y Emilio Prud’Homme.

La mayoría de ellos hizo de la política y la escritura un mismo campo de lucha y esperanza. Por supuesto hay otros que no figuran en “Los próceres escritores” de Balaguer, aunque observo algo todavía peor: el libro, al menos en la edición publicada en 1971 en Buenos Aires, no incluye una introducción de Balaguer que explique el porqué decidió llamar “próceres” a dichos escritores que seleccionó como si conformara un canon para la historia patria de la república de las letras dominicanas. A mí me llama la atención, por ejemplo, que no aparezcan autores como Fabio Fiallo y César Nicolás Penson; o Manuel de Jesús Galván, el autor de la célebre novela “Enriquillo”. Pero esa tarea se la dejo a los académicos.
Vislumbro una próxima entrega sobre este tema tan literario y político como electoral.
José Carvajal.
