Las próximas elecciones, dentro de tres semanas, serán absolutamente diferentes a todas las anteriores, aquí nada será “normal”.

En las elecciones anteriores discutían diferencias políticas y esa misma noche sabíamos quien ganó, hoy discuten Covid-19 y tardaremos al menos 10 días para saber quien ganó.

Los millones de votos por correo retrasarán el conteo, esa espera, ese apagón informativo lo llenarán con manipulación y desinformación.

Controlar la pandemia es el tema de campaña, ahí Trump no luce bien. Y no tanto por lo que hizo o no hizo, sino por lo que dijo y no debió decir.

Trump, el alfa macho invencible, “venció” la Covid-19, ahora nos exhorta a no temerle al virus.

Todas estas cosas no le han beneficiado mucho a Trump, según los sondeos de opinión, Biden le lleva unos 10 puntos.

Recordemos, sin embargo, que dos semanas antes de las elecciones pasadas Hillary Clinton tenía 19 puntos encima de Trump.

La pandemia desató una crisis económica, agudizando desigualdades económicas y raciales. La crisis ecológica empeora, posibilitando otras pandemias, peores huracanes, inundaciones y fuegos forestales.

En un país apandillado, irreconciliablemente dividido y acorralado por múltiples crisis, con milicias blancas y negras fuertemente armadas, lo impensable puede ocurrir.

El FBI arrestó milicianos blancos que secuestrarían a la gobernadora de Michigan.

Todo esto forma un inusual molotov político impecable, perfecto.

Ni Trump ni Biden aceptarán fácilmente una derrota.

En noviembre quizá recordemos el tranque de Al Gore Vs. George W. Bush en Florida y diremos con nostalgia, “que buenos tiempos aquellos”.

Pandemias anteriores cambiaron sistemas políticos, hasta derriban imperios; la peste Bubónica se llevó los imperios Mongol y Bizantino.

Las plagas que trajo Colón terminaron los imperios Inca, Azteca y Maya; la gripe del 1918 se llevó el Imperio Otomano. Vendrán días bastante difíciles en las próximas semanas.