María Gladys Canales quiere triunfar en construcción. Foto Marcela Álvarez

“Mi sueño siempre fue trabajar en construcción, aprender bien este oficio”, dijo María Gladys Canales en la pausa de sus clases de OSHA en la organización Padres en Acción de Jackson Heights, Queens.

“Siempre me ha gustado trabajar con varones, con respeto. Aprendes más. Andando con mujeres… pues nada. Un compañero me dijo ‘eres muy buena para esto, aprendes rápido, pero necesitas la tarjeta de OSHA. Es la ley. Toma las clases, luego te ayudan a conseguir trabajo’. Me alentó mucho y por eso aquí estoy”, dijo Canales. Así empezó a pintar paredes, instaló pisos, limpió apartamentos para ser renovados, aprendió a cortar madera, pulir la cerámica, etc.

“Me emocioné con lo que estaba haciendo”, dijo Canales. “Lo que más me gusta es pintar, porque es como arte, me relaja mucho. Si Dios un día me permite ser alguien en la vida y ser ejemplo para mis hijos, sé que lo podré conseguir si puedo tener mi propia compañía”. El costo del curso de OSHA, de aproximadamente $200, lo paga su hermana.

La esperanza de un trabajo estable, para poder sostener y darles educación a sus cuatro hijos de 15, 12, 9 y 4 años, es lo que anima a esta joven mujer de solo 32 años. Quería llegar al norte, pero arribar en Nueva York no fue fácil luego de dejar El Salvador con sus hijos. Canales, nativa de San Miguel, estudió hasta segundo grado de primaria. “Allá no hay oportunidades, éramos ocho hermanos y mis padres no tenían nada”, dijo Canales.

“No aguanto más, les dije… nos vamos”, recuerda Canales. Preguntando aquí y allá, subiendo y bajando de camiones, en carreteras interminables, así llegaron a Chiapas. Luego siguieron a Tijuana. Deambularon pidiendo refugio y comida.  “Hubo muchos días que no teníamos donde vivir o que comer. En Chiapas la organización COMAR (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados) nos ayudó, pero son miles de personas en la misma situación”.

De repente, las lágrimas corren por el rostro de esta madre. La vida le pasó varias facturas, muy altas, como a millones de migrantes, refugiados y desplazados en todo el mundo. Solo sus hijos le devuelven la alegría. “No quiero saber nada de los hombres. Si mi destino es estar sola, no me preocupa. Solo quiero trabajar por ellos y sacarlos adelante. Este trabajo en construcción es mi salvación”, dijo Canales.

“En mi país no hay trabajo, aunque te prepares no hay oportunidades, también estamos en peligro por las pandillas, aunque no quieras, se meten con tus hijos. Entonces decidí venir con ellos, no quería dejarlos solos. Vine a trabajar y ponerlos a estudiar para que sean alguien. Allá los jóvenes no tienen opción”, dijo Canales, quien tiene un grillete electrónico en su tobillo izquierdo que le pusieron en un centro de detención en California.

“No me lo puedo sacar ni siquiera para bañarme. Es muy incómodo, para buscar trabajo también molesta, pero en construcción no me han dado problema. Con esto, la migra sabe dónde estoy.  No sé hasta cuando tengo que usarlo”, dijo Canales con resignación.

“Sé que Dios me acompaña, siempre que íbamos en los camiones, cuando caminé por la frontera, con mis hijos, tenía fe en Dios y sabía que nada malo nos iba a pasar. Ahora, trabajando en construcción, sé que también me dará su mano”.

Marcela Alverez