Sergio Cordero hace de todo en construcción y en esta imagen se halla renovando un apartamento en Queens. Foto Marcela Alvarez

Sergio Cordero comenzó su nueva vida en junio del 2006. Como emigrante, salió en busca de las oportunidades que no tenía en su país. “La situación no mejoraba, apenas sobrevivíamos, asi que tomé la decisión de irme”, dijo Cordero durante una pausa en su jornada laboral. “Fue una decisión rápida, en cuestión de un mes decidí venirme y lo hice”.

Desde entonces no ve a sus tres hijos, Mariana, Sergio Ricardo y Erika, a quienes dejó cuando tenían 12, 11 y 5 años. “A la más chica, Erika, la dejé cuando iba a primer grado”, dijo con la voz quebrada. “Dejé a mis padres, esposa, hijos, hermanos. El único que emigró fui yo. Allá están todos. Hace poco falleció mi mamá”.

Cordero vive en Corona. Es un obrero independiente. Dijo que nunca ha sufrido accidentes de trabajo y a pesar de su status migratorio, siempre tiene empleo. “Todo gracias a Dios”, dijo Cordero con fe.

“Salí de Quito, Ecuador y me tomó veintitrés días llegar a la frontera y a mi destino final”, añadió Cordero. La travesía le costó 12,500 dólares y le tomó tres años pagar la deuda.¿Cómo es cruzar la frontera? “Siempre uno va a tener cierto temor porque no sabe cómo son los lugares, las gentes de otros países, pero con mucha decisión y mientras Dios lo bendice a uno, debemos creer que todo va a salir bien”, dijo Cordero.

El 8 de junio del 2006 llegó a Nuevo Laredo y luego a San Antonio, Texas. Llevaba un pequeña mochila con lo básico y 150 dólares que compartió con una joven migrante. “Esta chica era de Machala, provincia de El Oro, Ecuador y venía sola, dijo que apenas tenía dinero para seguir, asi que le regalé 50 dólares. Ella venía a Nueva York”, dijo Cordero.

Ya en EEUU, tomó un bus a Chicago. “Allá vivía un amigo y me quedé cuatro años. Es una ciudad donde hace muchísimo frío, las nevadas y el viento son más fuertes. En Nueva York el clima es mejor y hay más oportunidades de trabajo”, añadió Cordero.

Este latino considera su trabajo como una obra de arte a la que va dando forma, poco a poco. Le encanta empastar paredes, la carpintería, los paneles de yeso, pintar, instalar gabinetes de cocina, poner cerámica en los baños, hacer pisos de madera y pulirlos, etc. Todo sin prisa, cuidando los detalles, hasta dejar cada espacio cual obra renacentista.

“En la construcción uno va aprendiendo cada día. Me gusta la variedad. Siempre hay que trabajar con cautela y paciencia”, dijo Cordero. “Me satisface cuando sale bien y las personas quedan satisfechas con mi trabajo”. No ha tomado clases ni cursos, todo ha sido producto de su interés y amor por el trabajo. “Soy muy observador”.

Gracias a la tecnología actual, de teléfonos inteligentes, la comunicación con su familia es diaria e instantánea. “Tratamos de comunicarnos lo más que se pueda, ellos han comprendido la ausencia de su padre y gracias a Dios tengo la esperanza de regresar y compartir con mis hijos y el resto de mi familia”, dijo Cordero.

“Soy creyente, Dios está presente en cada movimiento que uno hace. Es algo que estoy completamente convencido que existe. Tengo esa convicción, su misericordia es mi guía siempre. Mis metas han sido darles comodidad a mis hijos, un hogar donde puedan vivir y apoyarlos en todo, mientras este con vida. Tratar de ahorrar algo de dinero y volver a mi país para compartir con ellos. La parte afectiva es lo más importante”, fueron las palabras de fe de este obrero de la construcción

Cordero se despide con unas palabras de aliento: “Me gusta ser una persona positiva, más que todo. Si uno resbala, no es caída para siempre”.

Marcela Alvarez

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