
Angélica Hernández en la sala de su casa en East Elmhurst, Queens. Foto Gloria Medina
Por Gloria Medina. —
Aunque el COVID tocó a la puerta de la familia de Angélica Hernández durante las pasadas fiestas navideñas, tenía muy claro que eso no los iba a detener y disfrutaron unidos como se lo ha enseñado a sus hijos.
Para Hernández, de 65 años, lo más importante es celebrar en familia la Navidad, unidos, así no haya regalos.
Aunque con un poco de debilidad en el cuerpo por los síntomas del COVID, Hernández y la familia se las arreglaron para darle otra Navidad inolvidable a sus nietos con los que vive en East Elmhurst, Queens. Con música y la comida tradicional de Perú, su país de origen de donde llegó hace 15 años.
“En ese entonces nació mi segundo nieto y mis hijos dijeron que lo mejor era que estuviera aquí para verlos crecer y compartir con ellos. Ahora ya tengo cuatro nietos”, dijo Hernández hablando orgullosa de sus descendientes. Recuerda que era un 11 de diciembre cuando viajó desde El Callao, tierra en donde dejó a su padre y hermanos.
“Estoy contenta aquí, pero extraño a mi padre, mis hermanos, familiares y amistades del barrio”, dijo Hernández en un tono un poco nostálgico. Pero para combatir esa melancolía, esta mujer se dedica a hacer lo mismo aquí en Nueva York, estando siempre dispuesta a ayudar a los demás. “Y esa es la huella que quisiera dejar aquí en este país: siempre estar dispuesta a ayudar al que necesita”.
“A parte de cuidar a mis nietos, cuando llegué a Nueva York trabajé cuidando niños”, dijo Hernández. “Después un hijo me ayudó a conseguir este trabajo en donde estoy cuidando personas mayores desde hace 10 años”.
Para cumplir su meta, Hernández se está preparando y acude a clases para aprender más acerca de primeros auxilios y cómo atenderlos dependiendo su condición médica.
“Lo que más me gusta es poder llevar vitalidad y alegría a las personas que cuido. La gran mayoría son personas solas y pasan días muy tristes. Sé que puedo hacer una diferencia en sus vidas. Les trato de inyectar mi alegría porque por naturaleza soy una persona alegre”, dijo Hernández.
Una de las experiencias que más recuerda Hernández, fue cuando cuidó a una mujer que tenía un tumor en el cerebro y esto le estaba afectado la movilidad de su cuerpo. “Se la pasaba sentada en una silla de ruedas, no hablaba. Después de algunas visitas, empezó a hablar y hasta a cantar”, recuerda Hernández.
Un día, sin saber que iba a ser su última visita, Hernández ayudó a arreglar a su paciente y a ponerla bonita. De repente tomó sus manos y rezó con ella. Al día siguiente el esposo la llamó para decirle que había fallecido. “Me dijeron que por mí, la paciente había mejorado mucho. Que yo había sido un ángel para ella. Que le había dado la última felicidad antes de partir. Siento que fui su inspiración”, dijo Hernández.
Después de la satisfacción en su trabajo, Hernández se recarga de energía e inspiración con sus nietos. “Es lo que más me gusta hacer en mi tiempo libre es compartir con mis nietos”, dijo Hernández.
También trata de alimentarse bien y no sufre de nada. La clave es que Hernández viene de una familia longeva y saludable. El papá tiene 96 años y su tío cumplirá los 100 años de edad.

