Isabel Ayavaca en plena acción como obrera de construcción: ‘Las mujeres no debemos rendirno’. Foto Marcela Alvarez

En Latinoamérica, durante quince años, Isabel Ayavaca trabajó como estilista. Tenía su título, amaba su carrera. Pero todo cambió en 2014 cuando llegó a Estados Unidos.

“Por la crisis económica en mi país Ecuador, decidimos venir con mi esposo e hijas. Allá teníamos muchas deudas que pagar, hasta casi ni teníamos para comer», dijo Ayacaba durante una pausa de sus clases de OSHA en el centro Padres en Acción de Queens. «Vinimos con visa de turistas pero nos quedamos con el objetivo de trabajar y prosperar aquí”.

La joven pagó $350 dólares por el curso obligatorio de 30 horas que pide la ciudad de Nueva York para evitar accidentes en construcción.  Las multas comienzan el primero de diciembre de este año.

Ayavaca recuerda esa primera etapa, tan amarga, novata en el país de las oportunidades. Dijo que estuvo cinco meses sin trabajar. Como estilista fue a decenas de salones de belleza, pero no podía ejercer porque no tenía licencia y el título que trajo de su país acá no servía. “Quise volver a la escuela de estilista solo para renovar mi licencia, pero el curso costaba veintiocho mil dólares. ¿De dónde iba a sacar dinero?”.

A veces le salían los trabajos de siempre, niñera, limpiando casas, pero no era suficiente. Una  constante la desanimaba: “Hay mucho racismo, te explotan, te tratan mal, incluso los mismo hispanos. Cuando llegas te das cuenta que aquí no todo es color de rosa como lo pintan allá”.

También probó suerte en una fábrica de ropa en Brooklyn, donde el dueño ecuatoriano, tras una semana de trabajo, de 8 AM a 10 PM, le dijo que no servía. No le pagó un centavo por esos días.

Sin papeles, sin inglés, sin licencia para ejercer su carrera de estilista, sin un lugar estable para vivir con sus hijos, problemas con el esposo, una suegra cruel que les negaba hasta lo básico a sus propios nietos. Ayavaca la pasó muy mal.

Frustrada, pero jamás vencida, un día le dijo a su esposo que quería acompañarlo a su trabajo en construcción.  “Me animó mucho, aunque no estaba muy convencido, así que empecé a trabajar con él. Este ambiente de construcción es muy duro, rudo, de máquinas, martillos, rodeada de tantos hombres. Me decían que no podía pero no me rendí”, añadió Ayavaca.

Con su esposo nunca dijeron que eran pareja. A la hora del almuerzo se iban juntos pero siempre con discreción. Cuando salió embarazada de su tercer hijo, siguió trabajando los primeros meses. “Tenía que esconder mi barriga para que no se notara”, recuerda Ayavaca.


“Soy una mujer que no se da por vencida. Recuerdo cuando empecé en construcción, unos judíos en Brooklyn me dijeron que no permitirían mujeres en la obra, que mi lugar estaba en la casa, en la cocina. Eso me dio más fuerza”, dijo Ayavaca sin amargura. Es cálida cuando conversa.

“A las mujeres hispanas les digo que no se rindan jamás. Este país te da la oportunidad de hacer algo productivo, incluso para cambiar de profesión como lo hice yo. Aprendí un nuevo oficio que ahora me gusta mucho. Y en mi casa, no necesito un hombre para que venga a arreglar nada. Yo lo hago todo”, concluyó esta obrera, fuerte y valiente. Ejemplo de superación.

Marcela Alvarez