
No todo en la vida son triunfos, también hay decepciones y te pueden ayudar a crecer de muchas formas. Foto Dreamstime
La decepción nos trae a la realidad, se puede convertir a la larga en un regalo… un instrumento para crecer.
Siempre que hacemos algo en la vida con la expectativa de cómo nos gustaría que resultara, corremos el riesgo de experimentar decepción. Cuando las cosas no salen como las habíamos imaginado, podemos sentir diversas emociones, desde una ligera decepción hasta depresión o incluso enojo.
Podemos dirigir nuestros sentimientos hacia nosotros mismos o hacia otras personas o hacia el universo en general. Ya sea que nos sintamos frustrados con nosotros mismos, con un amigo o con la vida en general, la decepción siempre es un sentimiento difícil de experimentar. Aún así, es parte natural de la vida, y hay muchas maneras de lidiar con ella cuando nos encontramos en su presencia.
Como con cualquier emoción, la decepción nos llega por una razón, y no tenemos por qué temer reconocerla ni sentirla. Cuanto más capaces seamos de aceptarla y procesarla, nos demoramos menos en adentraremos en un nuevo territorio emocional.
Al aceptar las frustraciones, podríamos escribir sobre la experiencia: la situación que la precedió, lo que esperábamos que sucediera y lo que sucedió. El don de la decepción es su capacidad de alinearnos con la realidad para que no nos quedemos atrapados demasiado tiempo en cómo podrían haber sido las cosas.
Al reflexionar sobre otras decepciones en nuestra vida y cómo las superamos, podemos ver que, en algunos casos, lo que sucedió fue, a la larga, mejor que nuestro deseo original.
La belleza de la decepción es que nos proporciona un puente hacia el otro lado, donde podemos encontrar la aceptación de la realidad, la sabiduría y la energía para comenzar de nuevo, y que no nos quedemos estancados en cómo podrían haber sido las cosas. De lo que pudo haber sido y no fue.



