Juan Ramón Piñero disfruta de un vino al son de la música cubana. Foto Marcela Alvarez

Vivir para contarla, escribió el Nobel García Márquez. Y una vida como la de Juan Ramón Piñero vale contarla aunque –por falta de espacio– solo de un plumazo.

Este hombre cálido y amable, de mente lúcida y buen humor, nació en 1927, en Juncos, Puerto Rico. Es hijo de papá gallego —de nombre homónimo— quien emigró de Galicia, España, a la Isla del Encanto a finales del siglo 19, y de María Luisa Santiago, boricua e hija de españoles.

Piñero llegó a Nueva York en 1937, a raíz de la  muerte de sus padres. Húerfano, lo mandaron a vivir con una tía materna. El resto de sus hermanos se quedó en la isla.

“Yo tenía diez años cuando mis padres murieron, uno detrás de otro. Primero fue mi papá, en 1936, de un ataque al corazón, y al año siguiente, mi mamá. En ese tiempo, usted sabe, no habían los avances de la medicina como ahora. La operaron del hígado y por complicaciones, ella murió. Era muy joven, solo tenía 35 años. Ambos se quedaron enterrados en Puerto Rico”, dice con dolor.

“Cuando ella murió sentí que perdí todo, que estaba solo en este mundo. Fue un dolor tan grande que hasta hoy me cuesta…..duele mucho recordarlo”.

Piñero cuenta que viajó solo en un barco a la Gran Manzana, a cargo de una pareja conocida de su familia.
“En el muelle me esperaba mi tía, hermana de mi mamá”, dice. “En ese tiempo, no alquilaban departamentos a hispanos. No importa de donde venían, los mandaban derechito a El Barrio [Spanish Harlem]. No te alquilaban en ningún sitio”,

“Pero mi tía conocía a una alemana que le dejó el departamento que tenía en Riverside Drive y la calle 136. Allá fui a vivir. Eso era puro, puro, blanco. Mi tía era rubia, yo también era rubio, así que no teníamos ese problema, pero la discriminación estaba ahi. Yo lo viví, hasta en el ejército había segregación”, recuerda.

Sirve destacar la fluidez con que Piñero habla español, a pesar de haberse criado en una época donde la presencia hispana no era tan fuerte como ahora. “En la casa, mi tía ordenó ‘aquí se habla español, en la calle todo el inglés que quieras’. Y cuando me casé, hablaba mucho con mi suegra”, dice con una sonrisa.

“Esa primera época fue muy dolorosa porque siendo mi propia familia, me trataban como un esclavo, no podía salir a jugar como otros niños”.

“A los quince años me fui a vivir solo. Trabajaba en la bodega de un cubano, ganaba ocho dólares a la semana. Era un trabajo fijo y así fui ahorrando hasta que me fui a vivir solo”.

Piñero estuvo dos años en el ejército, y se retiró porque no le gustaba, “quería algo diferente”, dice. “Me rompí un tobillo asi que en lugar de ir Alemania a reemplazar a soldados, regresé acá”.

En 1947 conoció a su esposa Celina, nacida en Cuba e hija de un norteamericano -capitán de barco- y madre española. Piñero trabajaba como salvavidas  en una piscina en el Alto Manhattan. Ahí llegó Celina con una amiga. Fue amor a primera brazada, por decirlo así. Estuvieron juntos hasta que ella falleció en 2003. “Tuvimos una vida espléndida”, dice.

Piñero acompaña la charla con una copa de vino y el ambiente cubano del restaurant Guantanamera de Forest Hills. Sin duda, se siente a gusto recordando sus viajes a Cuba, “la más bella y grande isla del Caribe. Con mi esposa fuimos antes que Castro tomara el poder. Todo era alegría, música, bailábamos mucho. Ahora solo hay pobreza”.
Fanático de los Yankees, este hombre mantiene un look juvenil (destaca su cabello en un moño), está sano de alma y espíritu, camina a diario, visita a sus amigos por el barrio, mira la televisión, lee mucho.

“Para mantenerse uno saludable tiene que cuidarse. Yo nunca abusé del cigarrillo ni las comidas dañinas como la sal y azúcar. Todo debe ser moderado”.
¿Su mantra? No hacerle mal a nadie.

Para finalizar, hace una especie de llamado de atención a los hispanos a un año de las elecciones generales.

“Trump es un mal presidente, un tipo sin corazón. Conocí a su papá cuando venía al edificio donde vivo, porque él era el dueño.  Casi todos los meses aparecía por ahí, ese edificio era uno de sus favoritos en Queens. Recuerdo era un hombre muy serio, hablaba muy poco. Y muy racista, lo llevaron a la corte porque no quería alquilar a negros. Su hijo aprendió muy bien de él. El próximo año hay que votar y sacarlo de la Casa Blanca”.