Por Alexander Prieto Osorno

La palabra más hermosa de nuestro idioma, sin lugar a dudas, es Gratis. Pero no solo es la más preciosa del castellano. Es tan bello este vocablo que lo comparten tres idiomas: castellano, alemán y holandés. En esas lenguas se escribe igual, se pronuncia de manera similar y su primoroso significado es idéntico.

Gratis: tú disfrutas, otros pagan.

Esta es la causa por la cual todos los integrantes de las familias reales, desde los más pequeños hasta los más viejos, sonríen de manera tan espléndida en sus fotografías y en sus apariciones en público. Y por eso también se muestran tan alegres en sus fotos y en la televisión los altos dignatarios de todas las iglesias y de todos los Estados. El mensaje gozoso que nos envían es diáfano:

—Nosotros disfrutamos; tú y los demás pagan.

Ningún otro vocablo en castellano, holandés y alemán tiene tanto poder de atracción y seducción como la palabra Gratis. Ni siquiera el término Amor, que se designa de manera distinta en alemán (liebe) y en holandés (liefde), y que tantos premios se ha llevado a lo largo de la historia como la palabra más bella de nuestro idioma. Son premios vacuos, ya que el Amor no siempre es gratis y a veces resulta carísimo y doloroso.

La palabra Gratis posee un imán poderoso e inigualable, del cual se han servido desde siempre los comerciantes para conducirnos hacia sus locales. Pero ya sabemos que el término Gratis ligado al comercio no es más que un engaño para vaciar nuestros bolsillos.

El mayor sueño del ser humano, acaso desde la prehistoria, ha sido disfrutar a plenitud de los gozos terrenales, con todos los gastos pagados por otros. Esta es la verdadera razón que se esconde tras la ambición humana de alcanzar el Poder (político, religioso, militar, etc.) y disfrutar Gratis de sus mieles. En los Paraísos prometidos por las religiones antiguas y modernas todo es Gratis; tú no pagas nada, solo disfrutas. Y con esa estratagema comercial intentan seducirnos.

Lo que es Gratis nos resulta más gratificante que todo lo demás. Hace algunos años, el gran bebedor Alfonso Martínez, dueño y regente de un bar, me aclaró la majestad de la palabra Gratis: “cuando yo pago las copas, el vino y el whisky me entran mal, no me sientan todo lo bien que yo quisiera y, aunque beba poco, al día siguiente sufro resacas espantosas. Pero cuando otros pagan mis copas, el licor me entra estupendamente, puedo beber dos, tres, cuatro días seguidos, y a la mañana siguiente jamás tengo resaca”.

Mis amigos alemanes y holandeses reaccionan de la misma forma feliz y sorprendida cuando escuchan la palabra Gratis. A nosotros nos ocurre igual. Es como si un resorte interno se disparara y nos elevara hasta las más altas cumbres de la felicidad. Y cuando al fin podemos disfrutar de algo completamente Gratis, jamás quisiéramos descender de esas cumbres fastuosas.

Pero vivir Gratis no es fácil. Solo unos pocos consiguen el privilegio de deleitarse toda su vida a costa de los demás. La mayoría de nosotros experimentamos en muy breves ocasiones (¡demasiado efímeras!) el enorme placer que producen las cosas Gratis. Pero en cambio, gran parte de nuestra existencia sufrimos la pesadilla de estar sometidos al antónimo del término Gratis, que no es otro que Pagar para que esos privilegiados disfruten. ¿Cuándo llegará la democracia y la solidaridad a los conceptos Gratis y Pagar?

Se equivocan quienes afirman que los alemanes y los españoles somos muy distintos. Ellos y nosotros y los holandeses compartimos el gozo supremo por el mismo vocablo. Tres idiomas y sus más 600 millones de hablantes no podemos estar equivocados. Gratis es la palabra más seductora y hermosa de nuestros tres idiomas.

Alexander Prieto Osorno, periodista y escritor, experto en Técnicas Narrativas y Creatividad Aplicada, es el Coordinador General del Programa Literaula.

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