Niños de Corona, Queens, disfrutan la fiesta de Navidad que les preparó Families Building Community, SCO Queens Single Stop Program y La Secretaría Nacional del Migrante del Ecuador en la escuela pública de la calle 98 y la avenida Roosevelt. Hubo comida, rifas, baile y canto. Los niños y sus padres se diviertieron y celebraron como en familia. Sandra Moya, en la foto, se encargó de coordinar la actividad. Fotos Javier Castaño

Reproducimos el artículo central de la edición de fin de año de QueensLatino.com. Una historia de Navidad sobre los latinos de Queens, sus anhelos y frustraciones. A pesar de la crisis económica, la gente sigue luchando y el amor y la esperanza perduran.

Plinio Garrido
El frío de diciembre de este año no tiene comparación y quienes pasan la noche en las bancas de la estación en la 74 Street del Subway, tiritan de frío y duermen con un ojo abierto atentos a la presencia policial. Muchos de ellos perdieron sus trabajos, sus viviendas y hasta sus familias debido a la crisis económica que azota el mundo, cambiándoles la vida en forma drástica y hórridamente amarga. Para ellos, que se multiplican por tres o cinco o diez individuos según cada estación del tren subterráneo en Nueva York, esta Navidad será una celebración que no se merece ni siquiera una jauría de sarnosos e hidrofóbicos perros callejeros.

Para las mujeres que trabajan la prostitución en vaya a saber usted qué astroso sótano en calles y avenidas adyacentes o cercanas a la Roosevelt  Ave., y que deben acostarse por 5 o 10 minutos con al menos 40 distintos hombres cada día (gordos, flacos, viejos, jóvenes, feos, con mal aliento, desdentados, sin afeitarse, solitarios, perversos, tímidos, hábidos de amor y de atención, etc.), tampoco esta Navidad será algo digno de recordar y menos de repetir. A estas mujeres provenientes de todos los países latinomericanos, no les quedó otro camino que ejercer o intensificar el oficio más antiguo del mundo, porque hay chicos que alimentar, madres en el país de origen a quienes seguir ayudando, y aún no se ha apagado en ellas la llamita del sueño americano, por lo que no han perdido el entusiasmo de cambiar su realidad económica hacia circunstancias mejores, así les toque doblar la cifras de hombres que “reciben” cada día.

Los casos anteriores son puntos de referencias tomados al azar, para intentar un juicio aproximado de cómo segmentos visibles de la población viven un proceso de depauperización creciente, imparable, en el país de las mayores riquezas. Y de cómo tanta gente se ve obligada a trastocar valores tradicionales, sean civiles o ciudadanos, espirituales o morales bajo el azote implacable de sus necesidades económicas. Y la Navidad, la celebración familiar por excelencia, ha dejado ser aquella fiesta romántica, casi tierna, cargada de símbolos espirituales, de alegrías, risas, intercambio de regalos y reencuentros soñados con seres queridos y amigos. En el condado de Queens, donde, según informes y cifras oficiales viven personas de todas las razas y las más inimaginables mezclas de sangre, con culturas y creencias provenientes de más de 100 países, la Navidad adquiere matices exóticos. Paradójicamente, esta fiesta del amor, la unión familiar y la hermandad a quienes proporciona mayor alegría es a los comerciantes, pues es la gran oportunidad de subir las ventas. Y la mayoría de los comerciantes en nuestros vecindarios, son musulmanes, judíos, sintoistas o budistas, para quienes la celebración navideña no sólo les es extraña, sino contraria a sus férreas creencias y tradiciones religiosas. Para niños y jóvenes la Navidad además de no ir a la escuela durante algunos buenos días, dependiendo de la edad, significa recibir el IPAD o IPOD que ya ha sido exigido y programado en la lista de gastos. Para muy pocos adultos es ocasión de salir a otro lugar durante una o más semanas. Pero también, esa Navidad como dice una vieja canción venezolana eternamente repetida cada fin de año, “muchos quisieran que nunca llegara”.

Para los cristianos y occidentales en general que residen en Estados Unidos, en nuestros vecindarios de Queens, según los ingresos y en general según su economía, es la ocasión de viajar al país de origen, ir a Florida o donde la hermana en Los Angeles, a visitar al hijo de 22 años en el Army o el Navy en Nuevo México y que se va a morir dentro de tres meses en Irak o Afghanistan, o la mamá en algún pueblito de Pensilvannia, Up State New York, Connecticut, o Nueva Jersey. Muchos entre quienes se quedan en casa vivirán la rutina navideña casi en forma mecánica: medir qué tanto pueden comprar a crédito; abstenerse de todo gasto no obligado y comprarle a los hijos y a los seres más cercanos sólo un buen regalo. Es una medida a la cual pocas familias escapan. Incluso las de ingresos por encima de los 100 mil dólares anuales. Ya que, pese a la reciente decisión del gobierno federal sobre recorte de impuestos, la crisis económica es un espectro demasiado extenso y denso y se manifiesta en cada acto que toma el ciudadano, por lo que “ningún dinero alcanza”.  Por ello esta Navidad será distinta en materia económica, a todas las anteriores que hayamos vivido. También estará más gélida que en los pasados 500 años y mucha más gente morirá de hipotermia en distintos puntos del globo terráqueo, incluyendo algunas esquinas pobres de Nueva York y Washington DC.

Una Navidad más mojada, con tanta lluvia azotando diversos rincones del planeta, con su punto más álgido en Colombia y Venezuela. Tales fenómenos, si bien son manifestaciones, movimientos y respiraderos de nuestro planeta, se vienen multiplicando en forma abrumadora, acaso, como respuesta de la Naturaleza a las agresiones que recibe del vicio depredador y arrasador de la especie humana sobre la superficie y las entrañas de la Tierra, la atmósfera y el medio ambiente.

La de 2010 es una Navidad matizada por todo tipo de conflictos armados, como la guerra contra la condición humana (Israel sobre Palestina), las guerras por el control de territorios claves para distintos propósitos y por valiosos recursos naturales (Colombia, Afghanistan e Irak, etc.); la guerra del narcotráfico (México y Colombia) y la guerra en favor y contra el derecho y la libertad de información (Wikileaks).  La guerra eterna de los banqueros y los demás carteles financieros, y que siempre pierde el ciudadano común (en todo el mundo). Y tantos otros conflictos de índole distinta que se diseminan y corrompen el tejido humano de países, grupos étnicos y comunidades, trastocando y contrariando la enseñanza y el mensaje maravilloso de Jesucristo: “Amaos los unos a los otros”, razón de ser de la celebración navideña.

En esta Navidad, millones de personas en Estados Unidos, no morirán precisamente de hambre, porque siempre habrá un Catholic Charities con sopa, pan y café caliente, un Senior Center con gente maravillosa como Lucy García (Elmhurts-Jackson Heights Senior Center/ 75-01 Broadway) dando comida saludable y un techo cálido durante 10 horas diarias, a bajo costo o ningún costo a ancianitos de todas las esquinas del planeta; y habrá benefactores y humanistas como el colombiano Jorge Muñoz en la Roosevelt Ave., entre calles 72 y 73 ofrendando una comidita caliente a los más pobres, solitarios y sin techo de la zona.

Pero la escasés de dinero no discrimina con su azote. Y lo hace con mayor rigor contra los sin trabajo, los de bajísimos sueldos, y contra los que debieron utilizar una franja ancha de sus ingresos para cancelar deudas peligrosas. Dura realidad que obligará a todos ellos a apretarse el cinturón en todos los sentidos en esta Navidad. Lo que incluye renunciar a adquirir lo que en la Navidad de tiempos pasados se iba a buscar en las tiendas por departamentos y supermercados. Hoy, con lo poco que se tenga toca  comprar lo que menos cueste, incluyendo productos comestibles de sospechosa calidad nutritiva y muchas veces con un oculto peligro para nuestra salud. Además de otras mercancías en las cada vez más abigarradas tiendas con artículos Made in China de 99 Centavos.

En esta Navidad, ¡ni pensar en la tarjeta de crédito! Ya que o ha sido cancelada voluntariamente para “evitar angustias y agonías mayores”, o porque ya ha llegado hasta el tope, la deuda sobrepasa los 50 mil dólares y sigue subiendo por la vía de los intereses y otras decenas de cargos.

Una buena noticia es que al cierre de esta edición de Queenslatino.com, los bancos y demás leviatanes financieros no han impuesto todavía al Congreso de Estados Unidos la prohibición de las leyes de bancarrota y otras defensas menores para el consumidor y el ciudadano de pie.

Pero, pese a todos estos avatares propios de la inconciencia y la locura que extremece a los seres humanos, la Navidad tiene su encanto y se impone en la mayoría de las personas, al menos en Occidente, un sentimiento de regocijo que envuelve a la familia y refuerza lazos de amor y solidaridad entre las personas, sean familiares, o amigos. Ese vívido regocijo es conocido como “Espíritu Navideño”, el cual, invita e induce a amar mucho más el entorno familiar, a incrementar la devoción y el cuidado hacia los seres queridos y los amigos. Y pese a la estrechez económica que pueda haber dentro de los hogares, el “Espíritu Navideño” insufla energías maravillosas y actitudes de bondad, cariño hacia los demás y solidaridad social en la gente no tocada todavía por la toxicidad y la contaminación de sentires, actitudes e intenciones malsanos, como resultado de la ausencia de la fe, y del alejamiento de Dios.

Ese vibrante y gozoso contentamiento que fluye del espíritu humano en Navidad resulta imparable, muchos hombres y mujeres se las arreglan para meterle alegría y entusiasmo al diario vivir una vez aparecen las primeras señales del advenimiento navideño, que puede ser cuando un jubilado o un desempleado sin nada más que hacer empieza a enredar las redes de luces navideñas en las ventanas, o cuando el gobierno federal anuncia la proyección de los “expertos” sobre las ventas del “Viernes Negro”, un día después del venidero Día de Acción de Gracias (último jueves de noviembre) señalando que van a rebasar las cifras del año anterior (¡Jua!).

Hecho el anuncio gubernamental, casas y edificios se llenan de luces, adornos y distintas motivaciones navideñas. De allí hasta el dos de enero que las aceras de las calles se llenan con el pino, o el arbolito plástico (siempre Made in China) ya convertido en basura y que días antes fue el “Christmas Tree” alrededor del cual se abrieron los regalos.

Durante ese periodo de un mes y tantitos días se disparan alegrías, afanes y decisiones de todos los matices a medida que los exteriores de edificios y casas se van llenando de todo el plástico, el cartón y otras basuras sobre la celebración de la Navidad que China fabrica y vende al mundo; los medios de comunicación disparan sus más vergonzantes y mentirosos  cañonazos y misiles sobre todo tipo de ofertas con bonos, oportunidades “únicas”, descuentos y fechas limites, y la cautiva audiencia empieza a encajar sentimientos de culpa si no compra lo que ponen ante sus ojos, el temor a la pérdida es peor que un cólico renal en noche de tormenta de agua, truenos o nieve. Entonces la Navidad es sufrimiento y antítesis de su enunciado primigenio: celebrar con alegría y fraternidad entre los hombres de buena voluntad, el 25 de Diciembre, fecha atribuida al Nacimiento de Jesucristo, el hijo de Dios, padre de la Iglesia y máximo dador de la esperanza, la paz y la plenitud espiritual.