Usemos la historia como guía, ningún presidente contemporáneo ha sido destituido con un “impeachment”, Richard Nixon renunció antes de que lo patearan, y Bill Clinton salió fortalecido,

En 1998 Clinton era tan despreciado por los derechistas como hoy los liberales desprecian a Donald Trump. Ahora la economía está tan sólida, como ayer. La economía, no las pasiones, deciden la política. Si se deteriora, como a Nixon en 1974, Trump peligra.

Un “impeachment” es una acusación de la Cámara de Representantes ante el Senado.

El presidente del Senado, Mitch McConnell, es quien decidirá el asunto y dijo que el “impeachment” no pasará, murió ahí, nadie puede obligarlo.

Trump ganó, otra vez.

Los demócratas evitaron que investigaran al ex vicepresidente Joe Biden, pero su candidatura naufraga.  El senador Bernie Sanders está enfermo, sólo queda la senadora Elizabeth Warren.

Los demócratas deben ser cuidadosos, las vendettas políticas suelen revertirse contra sus autores.

Gerald Ford, quien fue presidente tras el derrumbe de Nixon, definió el “impeachment”  como “lo que la mayoría de la Cámara de Representes considere que debe ser en un momento dado”. Traducción: es pura politiquería.

Ciertamente, el espionaje denunciado por Edward Snowden es muchísimo peor para la democracia que la llamada de Trump a Ucrania.

Nadie fue enjuiciado, al contrario, Snowden tuvo que huir al exilio, y “liberales” como Hillary Clinton y Sanders, apoyan este “impeachment” y también pidieron prisión para Snowden.

Que Trump le pida al presidente ucraniano investigar a Biden es una grosería, pero no es nuevo. El presidente estadounidense suele narigonear a los presidentes de países pobres, es una grosera realidad histórica que no la inventó Trump.

Impedirlo sería limitar el menguado poder del moribundo imperio estadounidense, ningún político en su sano juicio haría eso. Este “impeachment” es puro entretenimiento político, y nada más