Volvió el baile colombiano. Sabroso. Alegre. Contagioso. El mismo del pasado Mundial. A la esquina, donde reposa el solitario banderín, llegaron esos héroes orgullosos para armar la fiesta. Un pasito para allá, otro para acá. No le seguían el paso ni a James ni a Falcao ni a Teo, se lo seguían a Jeison Murillo, al defensor central, al joven de la nueva generación. El paladín de turno que con su gol frente a Brasil demostró que tiene ritmo para liderar nuevos festejos. Colombia tomó vida en la Copa América; ganó 1-0 y volvió a sonreír. (Reviva aquí el minuto a minuto del partido.)

El tiro de esquina generó tropiezos en el área. Iban 38 minutos de la primera parte. En medio de la batalla feroz, de lucha y codazos, la pelota se paseó, desafiante, sobre esas cabezas incrédulas de los brasileños, como buscando un destino localizado, un colombiano: la pierna izquierda de Murillo. El emancipado defensa, mutado a goleador, remató firme, abajo, un tiro inatajable. Si el arquero Jefferson voló fue para embellecer la acción, para fingir que vio la pelota, cuando esta pasó como un destello que debió quemar hasta la red. (Vea aquí: las mejores imágenes del partido.)

Colombia, que cargaba con el peso de la derrota frente a Venezuela en su debut en la Copa América, y que además enfrentaba al rival que lo sacó del pasado Mundial en los cuartos de final, tenía mucho en juego, todo como para tener una noche heroica. Feliz. Triunfadora. (Lea aquí: ‘Colombia desarrolló un plan perfecto’: James Rodríguez).

Desde el inicio del partido tuvo otra actitud. Eso se notó. Las críticas recientes, y el juego pálido y desconocido del duelo con Venezuela, las dejó en el hotel de concentración –o quizá en Rancagua, donde perdió el domingo pasado–. Al Monumental solo trajo su memoria, su coraje, su alegría, y la ayuda divina, por si la necesitaba, como evidentemente pasó. (También lea: ‘Nunca dejamos de creer en nuestras capacidades’: Carlos Sánchez).

Una vez más, como para reconfirmar que colombianos hay en cualquier parte del mundo, las tribunas fueron un río amarillo, azul y rojo. Si había brasileños, se confundían, pasaron desapercibidos, no se sintieron. Fueron opacados. El “Sí se puede, sí se puede”fue el coro con el que el público saludó al equipo; sonó como un trueno, como un mensaje de confianza. Era ante todo un clamor optimista. (Además: ‘Tuvimos la ocasión, marcamos y la defendimos’: David Ospina).

Colombia, que en el fondo de su corazón tenía un desquite pendiente frente a Brasil, mejoró mucho. Los mismos cuerpos derrotados, cambiando a Bacca por Teo, fueron los que se lanzaron a esta batalla que tenía aroma de revancha. (Lea aquí: Carlos Sánchez fue una ‘roca’.)

La selección quiso un juego envidioso; no le quiso prestar la pelota al encopetado rival para no darle posibilidades. La tenía, la tocaba, buscaba opciones frente a una defensa que fue una muralla, pero con grietas. James tuvo más libertades, de a poco recupera la magia refundida en el debut, aún le falta; Falcao fue una amenaza constante. Sánchez, más que nunca, un guerrero indomable.

Pero claro, Colombia corría riesgos. Cuando Neymar es el que está enfrente siempre los hay. Este no la pide, la roba e inventa una genialidad, una gambeta, un túnel, un sombrero, como en el cierre de la primera parte, cuando apareció en completa soledad y probó los reflejos de Ospina, quien por suerte los tenía de acero y evitó el gol.

La atajada de Ospina permitió que Colombia se fuera ganador al vestuario. 15 minutos para recuperar el aliento, para anticipar otro alegre baile, el de la victoria. Aunque faltarían 45 minutos para tener el corazón en la mano, para contener la respiración, para añorar el paso fugaz del cronómetro.

Sin embargo, Colombia no se entregó aunque iba ganando. Mantuvo su constante acecho. Cuadrado estaba que se bailaba. Luego de un par de amagues, en su mejor estilo, en una velocidad de autopista, remató con furia y el balón pasó queriendo besar el vertical. Y el estadio vibró. Fue un conato de gol.

La bestia dormida ya había despertado. Brasil ya era una avalancha y con el pasar de los minutos se hacía más peligrosa, aunque, a decir verdad, lejos de la Brasil de antaño. Pero es Brasil. Fue cuando Colombia se vio obligada a cambiar el fútbol por los rezos. La súplica fugaz de todo un país debió interceder para que el solitario Firmino, con el arco libre y gigante, mandara la pelota a ese cielo frío y oscuro de Santiago. Murillo, en una mala devolución a su arquero, por poco mancha su traje heroico. Generó un desastre, obligó a Ospina a lanzarse de manera suicida. Luego, la pelota resignada fue a las piernas de Firmino, y su pifia, de la cual aún se debe estar lamentando. Ayuda divina.

Y cuando el partido entró en su etapa final, en esos minutos desesperantes, el público no se contuvo. Se puso de pie, expectante, angustiado, queriendo tirar el corazón a la cancha, con Brasil lanzado al ataque, con la zaga defendiendo con la vida, con el cronómetro andando de manera parsimoniosa, con el árbitro alargando el suplicio, con Pékerman conteniendo el aliento, y con todo un país abrazado.

Por fin el tiempo se detuvo. Un grito rabioso atravesó el estadio de norte a sur. Luego, el ritual alegre: los felices abrazos de siempre con los desconocidos de siempre. La fiesta patria en las tribunas. Las banderas agitadas por esos cuerpos entumidos por un frío atroz. Y en la cancha, los héroes festejando un triunfo reivindicativo, un desquite oportuno, mientras Neymar rugía con la derrota; hubo empujones, agarrones e insultos; la rivalidad se mantiene, pero para otra batalla. (En fotos: imágenes de la ‘gresca’ en la que terminó triunfo de Colombia)

Colombia consiguió un triunfo de un valor enorme. Dio una lucha de hazaña para lograr un añorado desquite, no solo con Brasil, con ellos mismos. Guarden el corazón en su puesto, que Colombia está viva, sueña, baila y contagia.

La Selección espera a su último rival en fase de grupos, Perú, que también le hizo un duro partido a los brasileros y que perdió 2-1 al último minuto. El compromiso se realizará este domingo a las 2:00 de la tarde.

PABLO ROMERO
Enviado especial de EL TIEMPO
Santiago de Chile