El ‘chapín’ Efraín Quino trabaja seis días a la semana después de cruzar la frontera y el desierto. Foto Marcela Alvarez

El 24 de febrero de 2006 Efraín Quino llegó al soñado norte. En total, la odisea desde Panajachel (un pequeño pueblo en el departamento de Sololá, Guatemala) hasta Estados Unidos le tomó vientres días, incluido el paso por el desierto de Arizona, siguiendo las instrucciones del coyote. Llegó a Houston, luego tomó un bus rumbo a Atlanta, Georgia, donde lo esperaban unos parientes.

¿Sintió miedo al cruzar el desierto? “Sí, claro, tenía miedo, pero la necesidad obliga”, dijo  al recordar esa dura experiencia.

¿Cuánto le costó el viaje? “Pagué cerca de seis mil quinientos dólares en aquel entonces. Hoy cuesta mucho más”.

¿Por qué emigró? “Como la mayoría de la gente, para sacar adelante a mi familia. Ellos son mi motivación”.

En el estado de los duraznos y la “peanut butter” vivió dos años, pero no se acostumbró, especialmente porque “hay mucho racismo allá. Hasta los morenos lo discriminan a uno, casi no te dan trabajo, te tratan mal”.

Otro motivo que lo obligó a dejar Atlanta fue la falta de transporte público. “Allá no hay tren, bus, nada, y aquí en Nueva York sí, uno se puede mover para todos lados sin carro”.

En Nueva York encontró su lugar, su espacio. Y trabajo.

Quino está agradecido y contento con su labor, que realiza por toda la ciudad. En esta ocasión, lo encontramos en un edificio en Forest Hills. Luego, dice, continuará en Fresh Meadows, y así cada semana un nuevo proyecto. “Hago de todo, por ejemplo demolición, limpieza de ventanas, cambio de vidrios, puertas, pintura y carpintería, y principalmente, trabajo en electricidad, pongo la luz, los
toma-corrientes, tiro los cables. Lo que más me gusta es la electricidad. Yo soy el encargado de entregar los departamentos, que quede todo limpio y listo. Todo lo aprendí aquí, poco a poco fui avanzando. Estoy muy agradecido. Este país es una bendición. Me ha ayudado tanto, estoy contento con mi trabajo”.

En Guatemala solo llegó al segundo grado de primaria. Mezclaba cemento en la calles. Este hombre pequeño de estatura, pero grande en fortaleza, dice no tener preferencia donde lo manden a trabajar. “Voy donde sea, en Queens, Brooklyn, Manhattan. Lo importante es el trabajo”.

Quino tiene seis hijos, todos varones. A dos los pudo traer, el resto se quedó en Guatemala con su esposa. Labora seis días a la semana y descansa los domingos. Tiene permiso de trabajo como refugiado. Por ahora, la residencia y ciudadanía son sueños lejanos.

¿Qué hace en sus ratos libres?, le preguntamos. “Ahora en verano me
gusta ir a la playa, a veces duermo todo el día en casa, salgo con mis
hijos aunque ellos ya tienen sus novias”, dijo con una sonrisa.

La preocupación de Quino actualmente es su madre, enferma de diabetes.
No la ve desde que se fue hace trece años. La recuerda con emoción y
tristeza. “Cada mes le mando cerca de cuatrocientos dólares, aunque no le
alcanza, al menos le sirve para sobrevivir. Ojalá pudiera mandarle más”, dice Quino, quien vive en Brooklyn.

A pesar del profundo sentimiento anti-inmigrante en la era Trump, este obrero mantiene la esperanza. Si estuviera frente a frente con el mandatario, ¿qué le diría? “Ay, que deje en paz a los latinos, porque nosotros trabajamos mucho más que los americanos, ellos no aguantan el trabajo pesado. En esta compañía se van en pocos días. Nosotros en cambio trabajamos muy duro”, concluyó Quino.

Marcela Álvarez