Asesinato de Jaime Garzón fue de lesa humanidad: Fiscalía de Colombia

Asesinato de Jaime Garzón fue de lesa humanidad: Fiscalía de Colombia

Declaran asesinato de Jaime Garzón como crimen de lesa humanidad

La Fiscalía señaló que se reunían los elementos suficientes para categorizarlo de esta forma.

El periodista Jaime Garzón fue asesinado el 13 de agosto de 1999.

El periodista Jaime Garzón fue asesinado el 13 de agosto de 1999. El Tiempo

Por los hechos del 13 de agosto de 1999, en los que resultó muerto el periodista y humorista Jaime Garzón, la Fiscalía declaró este viernes su asesinato como un crimen de lesa humanidad.

El ente acusador determinó que sí se reunían los suficientes elementos para categorizar así este crimen, siendo enmarcado dentro del contexto social y político para la época de los hechos, siendo que el mismo se trató de un ataque de los que se venían dando contra defensores de Derechos Humanos en razón de su labor o gestión.

Aclaró la Fiscalía que el homicidio de Garzón Forero ocurrió en medio del conflicto armado interno, suscitado entre miembros de las Fuerzas Armadas y los grupos ilegales como Farc y Eln. Además,  indicó que se abrió la posibilidad por parte de las mismas autoridades de que se formaran grupos armados al margen de la ley, debido, además,  a que se autorizó en ese entonces “por parte del Gobierno Nacional en el año 1994 la creación de las Asociaciones Comunitarias de Vigilancia Rural (las Convivir)… enfocado en el logro de la paz y la seguridad en el campo”.

Por este homicidio se encuentra abierto un proceso en contra del exsudirector del desaparecido DAS, José Miguel Narváez y el coronel (r) Jorge Eliecer Plazas.  El Tiempo

Gobierno, Ejército, Policía y DAS mataron al cómico colombiano Jaime Garzón en 1999

 El asesinato del periodista y humorista Jaime Garzón Forero, registrado en agosto de 1999, fue una “ejecución extrajudicial” perpetrada por paramilitares aliados con agentes del Estado.

Así lo enfatizó el Consejo de Estado en un fallo de 69 páginas en el que fue condenada la Nación y que declara el crimen de Garzón Forero como un delito de lesa humanidad.

El asesinato, dice el alto tribunal, se dio en medio de un ataque generalizado y sistemático “propiciado y/o auspiciado desde la institucionalidad estatal, en contra de un grupo determinado de individuos con características políticas comunes, es decir, personas que pudieran tener algún tipo de vínculo con grupos subversivos (ONG, defensores de derechos humanos, periodistas, etc.)”.

(Lea también: ‘En una junta militar se planeó el homicidio de Jaime Garzón’)

En la decisión, los magistrados consideran que es “inadmisible y censurable” la existencia de nexos entre la miembros de la Fuerza Pública y grupos ilegales.

Aunque el tribunal reconoce que Garzón había recibido amenazas del jefe paramilitar Carlos Castaño Gil, considera que su muerte no fue consecuencia “de un acto impulsivo o de venganza personal”, sino que estuvo secundada por miembros de la Fuerza Pública, “quienes intervinieron para perpetrar ese hecho”.

En el fallo el Consejo de Estado señaló que Garzón Forero fue objeto de actividades de seguimiento ordenadas por el exsubdirector del DAS José Miguel Narváez y el coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo, jefe de inteligencia de la brigada XIII del Ejército, y que esa información, que “apuntaría a vincular a este último (a Garzón), como colaborador de la subversión”, fue entregada a Castaño Gil.

Plazas Acevedo y Narváez ya fueron llevados a juicio ante un juez especializado de Bogotá por su presunta responsabilidad en el crimen del periodista.

(Además: General Santoyo ahora será investigado por asesinato de Jaime Garzón)

Y aunque aún no hay un pronunciamiento del juez en ese caso penal por el crimen de Garzón, el Consejo de Estado señala que “son evidentes” los nexos de Plazas Acevedo y Narváez con Castaño Gil y que es “innegable la participación de los primeros en el execrable crimen cometido en contra del periodista Jaime Garzón, el que facilitaron al suministrar información de sus conversaciones y movimientos”.

Los magistrados señalaron que desde el DAS se desplegaron maniobras para desviar la investigación y “ocultar los móviles y finalidades del homicidio” y que ni ese organismo de seguridad (que desapareció en octubre del 2011), ni el Ejército realizaron investigaciones disciplinarias internas para esclarecer la posible participación de algunos de sus agentes en el crimen.

“Siendo función del Estado a través de las Fuerzas Militares salvaguardar la vida de los ciudadanos, se torna inconcebible e infame que sus propios agentes establezcan alianzas con grupos ilegales con el fin de permitirles la comisión de delitos y facilitar su presencia y acción”, se lee en el fallo de Consejo de Estado, que manifiesta además la preocupación de los magistrados por el “crecido número de condenas contra el Estado colombiano” por nexos y colaboración entre integrantes de la Fuerza Pública y grupos paramilitares.

Finalmente, el fallo da dos meses de plazo para que el comandante del Ejército y el director General de la Policía realicen un acto de excusas públicas a la familia del periodista.

Alfredo Garzón con Manhattan al fondo. Foto Javier Castaño

Alfredo Garzón con Manhattan al fondo. Foto Javier Castaño

HABLA ALFREDO GARZON, HERMANO DE JAIME

Alfredo y Jaime Garzón compartieron el cuarto durante varios años, secretos de infancia y las primeras pilatunas de la adolescencia. Estudiaron bachillerato en la Normal de La Paz, en donde se graduaron de maestros: con ese cartón trabajaron un par de años en escuelas distritales, haciendo reemplazos. Ahí conocieron la pobreza y miseria de cientos de niños y niñas habitantes de los barrios periféricos y palparon la exclusión social. Esa experiencia los hizo mucho más sensibles y les aumentó los argumentos para tratar de cambiar este país. Cada uno cogió un sendero.

Alfredo decidió hacerse jesuita y Jaime, estudiar derecho en la Nacional. Ninguno de los dos finalizó su proyecto. En esos años, Jaime apodó a su hermano el ‘nene’ de la casa. Aseguraba que era el preferido de su madre. Triunfaron la similitud de edad y de criterios sobre los celos, y Jaime y Alfredo fueron los más unidos en el hogar de 4 hijos de doña Daisy Forero de Garzón. El padre murió siendo ellos muy niños.

“Estudié Bellas Artes en la Nacional y en 1985 viajé a Nueva York, a estudiar grabado a un centro que no exigía requisitos. En español, su nombre es Liga de Estudiantes de Arte, Art League, tiene cientos de años y era muy económica. Es la escuela de la película Fama. Forma estudiantes en todas las artes. Había ahorrado 11.000 dólares. Desde pequeño fui comerciante; hacía manualidades y se las vendía a amigos y a mis familiares. Tengo fama de ahorrador. Todos mis compañeros tenían que trabajar para sostenerse y yo, como un jeque: vivía donde una tía y tenía plata suficiente. Comencé a publicar Los cartones de Garzón en 1982, con 22 años, y siempre viví en la casa de mi mamá en el barrio San Diego. También de ahí parte de mi fortuna”.

A El Espectador lo llevó el caricaturista Héctor Osuna y lo asesoró: cómo cobrar y cuánto. Osuna escribió en una revista su encuentro con Alfredo, en 1986: “Fue por un accidente, más exactamente diré que por una avería de auto, como llegué al taller de Alfredo Garzón, y me interesé de inmediato por las obras de este artista nuevo, de peligrosa consagración. Me encontré con un monje de antaño, de aspecto adolescente, magro, escuálido, dedicado con oficiosidad manifiesta a una labor de sensual deguste en la más ajustada optometría…”

Dibujo y más dibujo

Y en El Espectador lleva más de 30 años. Primero en el Magazín y luego en el diario, ya que a Guillermo Cano le fascinó, tanto como a Osuna, su trazo satírico.

Por épocas, Alfredo ha sido responsable de hasta 13 ilustraciones y caricaturas, más sus famosos y encriptados Cartones. Labor que combinó en Nueva York con trabajos como freelance en una agencia de publicidad, caricaturas y dibujos en distintos diarios de esa ciudad y de otras. Pero, sin duda, fue su paso por la Editorial McGraw Hill, en el único sitio en donde ha trabajado de nueve de la mañana a cinco de la tarde, lo que lo hizo un experto editor de textos educativos, editor de contenidos y de separatas para periódicos con muchas ilustraciones. Especialidad con la que ha creado dos empresas que maneja desde su casa. No duda en señalar a su maestro de la Nacional, el consagrado dibujante Dioscórides Pérez, como el responsable de su amor por el dibujo y de llenar libretas y libretas con bocetos desde esas épocas, pues les exigía a sus alumnos que le entregaran cada semana un cuaderno completo de bocetos.

En Nueva York, Alfredo se casó con una cantante lírica francesa, de la que se separaría años después y quien más tarde murió. Con ella tuvo dos hijos: uno músico y una abogada, a los que educó a punta de dibujos. Durante seis años no vino a Colombia. Un día recibió un casete que le enviaba Jaime con todos sus programas de Zoociedad, los que miró una tarde-noche y concluyó que su hermano se había convertido en todo un peso pesado de la televisión, haciendo lo que siempre había hecho en su casa materna en esos interminables almuerzos en los que hacía reír, hasta el dolor de estómago, a invitados que nunca faltaban.

En esos años, Jaime fue varias veces a visitar a Alfredo. Nunca le contó en detalle sobre sus nuevas actividades. Le repetía, sí, que no le gustaba Estados Unidos porque en todas partes le decían next. “Aunque muchas veces allá gente lo reconocía y le pedía autógrafo o lo saludaban con gran afecto como si se tratara de alguien muy cercano”, dice Alfredo, y agrega que por esa razón Jaime le pidió al profesor Malcolm Deas su consejo para ir a estudiar a Inglaterra, a lo que el colombianista le respondió con gran seriedad que no cometiera esa brutalidad, que él no necesitaba meterle nada más a su cabeza.

Alfredo, viudo, con sus dos hijos pequeños, hizo las visitas a su familia más asidua: dos o tres veces al año, en esa década de los 90. En 1999 estuvo todo el mes de julio en Bogotá y conoció en detalle la situación de amenazas y de riesgo de muerte que atravesaba su hermano, por lo que el viernes 13 de agosto, en la madrugada, cuando recibió la llamada de su socio Carlos Lemoine, se imaginó lo peor. “Ese mismo día viajé. La Policía entró al avión y me sacaron, literalmente, de la silla. Salí sin pasar por emigración, directo me llevaron al Capitolio. Me esperaban Claudia Rojas (esposa actual) y su hermano Santiago, con quienes tenía una reciente pero entrañable amistad. Fue impactante ver esa fila interminable de personas de todas las clases sociales que querían despedir a Jaime”, narra con emoción y tristeza Alfredo.

¿Temía por su situación?

Sí, en las vacaciones, a pesar de que hacíamos viajes y se interrumpía un poco su rutina para estar conmigo y sus sobrinos, me di cuenta de su vulnerabilidad. Cuando secuestraron a unos observadores de pájaros estadounidenses, Miles Frechette, embajador de Estados Unidos, le pidió ayuda y él se metió de cabeza en esa labor. Su paso por la alcaldía menor de Sumapaz, corredor de la guerrilla de las Farc, le dejó muchos contactos con guerrilleros de la base y comandantes. Logró la liberación de los ornitólogos y después se encontró con una fila gente en RadioNet, pidiéndole que los ayudara con sus familiares. No se podía negar.

¿Qué pasó entonces?

Que eso se le volvió una obsesión, como todo lo que hacía. Oficializó esta labor, a través del gobernador de Cundinamarca y de la oficina del zar antisecuestros. Un día lo acompañé a una oficina de comunicaciones satelitales de la Gobernación, desde donde hacía contactos con comandantes guerrilleros. No a través de su teléfono. Era todo de manera oficial. Destaco este punto porque desde el mismo día del crimen circuló un discurso en el que se afirmaba que Jaime se lucraba de los secuestros. A nosotros, sus tres hermanos y a mi madre, que duró viva siete años, nos investigaron e hicieron seguimientos de las cuentas bancarias por años. Como era lógico, no encontraron nada. En esa intermediación, Jaime descubrió cosas muy graves.

Mural alusivo a Jaime Garzón en la calle 26 de Bogotá. Foto Javier Castaño

Mural alusivo a Jaime Garzón en la calle 26 de Bogotá. Foto Javier Castaño

¿Cómo qué?

Que algunos miembros activos del Ejército secuestraban para la guerrilla. Cuando me contó eso, le dije que estaba metido en un nido de culebras. Sálgase de eso, pero él me dijo que no era capaz de dejar de ayudar a la gente. Que sentía gran satisfacción cuando liberaban al secuestrado. Que casi siempre se esposaba con el familiar, no fuera que soltaran a uno y cogieran a otro.

También se especializó en tender puentes para que los enemigos se sentaran a conversar. ¿Supo de esa intermediación?

Claro, sentó a gente totalmente antagónica a dialogar antes que nadie. Eso sucedía en sus famosas comidas. Estuve en algunas; por ejemplo, la de Jaime Castro con la gente del M-19, que le había hecho un atentado. Me llamaba la atención que nadie se detenía a conversar con uno porque el objetivo era que los distintos conversaran y llegaran a acuerdos.

Siempre ha estado desde lejos como parte del proceso, ¿por qué ahora lo considera urgente?

Han ocurrido unos hechos lamentables en este proceso y me hice una reflexión: ¿cómo me voy a sentir si el caso prescribe? Y me contesté que muy mal y que por lo tanto haré todo lo que esté en mis manos para impedirlo. Mi vida me lo permite en este momento. Mis hijos se graduaron, ya son independientes económicamente; por mi trabajo puedo moverme a cualquier parte y en cualquier momento. Además de estas razones personales, existen otros factores. Uno clave, el mensaje de que el crimen de Jaime quede impune, es demasiado violento. Es otra noticia tan grave como el asesinato mismo. He observado a muchas personas que cuando a él lo mataron tenían cinco años y veían a sus padres riéndose de un programa de humor político que ellos no entendían. Hoy son jóvenes que lo oyen, lo ven y se ríen igual. A través de YouTube ven los programas, sus intervenciones en varias universidades. Sintonizan de inmediato con su irreverencia y con su discurso. Jaime se ha convertido en una esperanza, en una motivación muy importante. Qué bueno sería que esos jóvenes tengan modelos distintos a los que tuvimos nosotros. Que sientan que se castiga el crimen organizado. Si estamos en un proceso de paz, se debe actuar en concordancia.

¿Qué lo hace pensar que el caso puede prescribir?

El hecho de que la Fiscalía no lo haya declarado como caso de lesa humanidad. Estuve en la última audiencia contra el coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo, y ahí me estremecí. Un exguerrillero de las Farc, Darwin Lisímaco Betancourt, que fue colaborador del Ejército para rebajar su pena, capturado en el Sumapaz, 1996, testimonió, bajo juramento, que en esa época varios militares –dio nombres propios– le propusieron que involucrara a Jaime con la guerrilla. Contó también que fue testigo de seguimientos ordenados por estos mismos militares contra Jaime. Son varios testimonios los que coinciden en que Plazas Acevedo, Rito Alejo del Río y otros militares estuvieron involucrados con Carlos Castaño y ayudaron a que se cometiera el crimen. De otro lado, el delegado de la Procuraduría pidió la absolución de José Miguel Narváez, exsubdirector del DAS, quien sin haber sido nunca oficial del Ejército está preso en una institución militar. La desviación de la investigación desde el primer día, deteniendo unos inocentes para soltarlos después de años; la subvaloración de testigos más la permanente dilación del proceso y el cambio constante de jueces y fiscales me hacen temer lo peor. La fiscal 13 que ha estado los últimos años es la funcionaria que nos ha brindado mayores garantías.

Ha asistido a esas audiencias. ¿Qué otras acciones ha adelantado?

Cambié de abogado para la parte penal. Son tres procesos distintos: el penal, el internacional y el contencioso. En este último habría una compensación económica y por eso este se lo dejo al colectivo de abogados, a quienes respeto y guardo la mayor consideración y gratitud porque han puesto el pecho por mí. El poder penal se lo entregué a Víctor Velásquez, 32 años, que me parece un muy buen abogado. Además, porque creo que los jóvenes piensan distinto a nosotros los mayores, funcionan de otra manera, tienen otra lógica, se mueven de otra forma. Víctor, además, tiene el respaldo de su padre y de abogados experimentados como Carlos Rodríguez Mejía, que conoce el caso muy bien.

¿Sus hermanos, Jorge y Marisol, lo acompañan en estas acciones?

A Marisol le ha tocado mucho tiempo sola apersonarse de muchas cosas. Pero no, esta etapa la asumo de manera individual. Cuando sucede un hecho violento dentro de una familia se exacerban todas las pasiones. Eso pasó con nosotros, y ni siquiera fue por lo económico. Terminé no hablando con mi hermano mayor, cinco años, por una frase que dije y que lo hirió, y como tenía fama de ser el preferido de mi mamá, pues peor.

EL TIEMPO

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